La esencia de Vietnam

En Vietnam todo es susceptible de ser copiado. En cualquier rincón encuentras una imitación, da igual de qué se trate, ellos ya lo habrán copiado...pero en esta ocasión fueron demasiado lejos.

Bahía de Halong

Vendedora ambulante en medio de la Bahía de Halong.

Angkor Wat

Visitando el edificio principal del recinto de Angkor, al que da nombre. Un edificio majestuoso, bello y lleno de historia.

Annapurna Circuit

Caminando por el Himalaya, rodeando el macizo del Annapurna, encontramos recónditos e increibles paisajes como el valle donde se encuentra el colorido pueblo de Tal.

Himalaya indio

Impresionantes vistas aéreas de los picos nevados de la cordillera del Himalaya en su parte más oriental, al norte de la India, en Ladakh.

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19 de noviembre de 2012

Vang Vieng y el tubbing

Nuestra penúltima parada en Laos la hicimos en Vang Vieng, pequeña ciudad ribereña famosa por ser un destino turístico de fiesta, borrachera y especialmente por el tubbing. El tubbing consiste en alquilar un neumático gigante que se utiliza como flotador y tirarse montado sobre el mismo río abajo para que te vayan pescando desde los bares de la orilla y te vayas tajando poco a poco a medida que bajas por el río, una actividad llamativa y muy peligrosa en la que cada año alguien se deja la vida, pues no es infrecuente que se mezclen el alcohol y las drogas mientras se hace tubbing. Es difícil resistirse a la tentación del tubbing, pero nosotros lo conseguimos.
En Vang Vieng hay más cosas que hacer a parte del tubbing, y es un buen lugar para practicar btt o senderismo, que es lo que hicimos. Allí alquilamos unas bicicletas los 2 días que estuvimos, por 30000 kips el día completo (1,2 euros, algo caro para Laos), en el único lugar de la ciudad donde si tienes un pinchazo no te hacen pagar nada (es curioso, pero en Vang Vieng, para alquilar una bici tienes que dejar el pasaporte y si tienes un pinchazo te cobran por arreglarlo en la gran mayoría de sitios, y es más caro que alquilar la bicicleta). El primer día fuimos a la Blue lagoon, un trayecto de unos 12 km ida hasta un lugar que en principio prometía mucho y que una vez allí te dabas cuenta que era otro sacadineros más para los turistas, pues se trataba de un pequeño estanque artificial en una esplanada a la entrada de unas cuevas, con un árbol en el que han construido una pequeña pasarela para que los guiris podamos saltar desde sus ramas a unos 4-5 metros de altura. Nos dimos un baño en su agua gélida y cansados de tanta hormona teenager y tanto “hippie” de pacotilla cogimos nuevamente nuestras bicis camino a Vang Vieng a por unas Beer Lao. Al día siguiente, nuevamente con nuestras bicis, fuimos a ver unas cataratas, y nos lo pasamos en grande. La catarata principal es un salto de agua de unos 30-40 metros de altura, en un entorno espectacular y donde bañarte en una pequeña laguna con su cascada sin nadie a tu alrededor, uno de esos lugares que buscas cuando empiezas cualquier viaje. Disfrutamos muchísimo.
Por lo demás, Vang Vieng es un lugar diseñado para un turismo de veinteañeros, la fiesta y las drogas, lleno de restaurantes donde sentarse sobre cojines mientras te bombardean con videos y más videos de Friends o Family Guy, y donde te ofrecen cubalitros (o cachis) de whisky Lao con cola gratuitos para que entres a cenar y te vayas entonando poco a poco. Y a pesar de lo que habíamos oído sobre el lugar, una vez allí vimos que no era para tanto y estuvimos la mar de tranquilos y disfrutando de la naturaleza de Laos.

Luang Prabang. El reencuentro


Ya hemos dejado la jungla y hemos vuelto a Luang Prabang. Allí nos estaban esperando nuestros amigos malagueños, Carlos y Patricia, con los que coincidimos muy brevemente en Xian, y que mientras estábamos en Luang Nam Tha nos dijeron por whatsapp que estarían en Luang Prabang en las mismas fechas que nosotros, ¡qué alegría! Teníamos muchas ganas de volver a encontrarnos con ellos y mucha curiosidad por saber como les había ido su viaje de dos meses por China.
En el viaje de vuelta a Luang Prabang, otra vez en minivan, coincidimos con una pareja de Barcelona que estaba de vacaciones en Laos y con otra pareja mejicana que estaba terminando aquí su viaje de un año. Esta vez el viaje fue mucho más plácido que el de ida, sin tanto bote (nos habíamos asegurado de no ir sentados al fondo), aunque amenizado por la horrible música de una chica laosiana. El único contratiempo del viaje lo tuvimos en un tramo cuesta arriba totalmente embarrado, en el que por un momento nos vimos fuera de la furgoneta, llenos de barro hasta las orejas y tirando de una cuerda para poder sacarla de allí. Afortunadamente eso no ocurrió. La solución la puso el conductor. Que no puedo pasar, no hay problema. Doy marcha atrás, cojo carrerilla y piso el acelerador a fondo a ver si consigo pasar. Así hasta 3 veces cogiendo cada vez más carrerilla, mientras a nosotros se nos ponían de corbata con cada nueva embestida, hasta que al final el conductor consiguió salir del atolladero sin problemas y con nuestras caras de susto. En definitiva, el viaje transcurrió sin incidencias y disfrutando de unos paisajes absolutamente espectaculares, como todos los que puedes ver en Laos. ¡Qué país tan fascinante!
Al llegar a Luang Prabang, negociamos un tuk-tuk barato que nos dejara en el centro a los seis. Nada más bajar, apareció otro conductor de tuk-tuk ofreciéndonos una habitación por 50000 kip (5 euros). Normalmente hubiésemos pasado de él y hubiésemos ido a buscar alojamiento por nuestra cuenta, pero casualmente, el sitio que nos ofrecía era el mismo en el que estaban alojados nuestros amigos malagueños, el Soutikon Guesthouse, así que decidimos acompañarle. Había tres habitaciones disponibles, una para cada una de las parejas, y como nos gustaron decidimos quedarnos.
Después de darnos una ducha fuimos al encuentro de nuestros amigos, que nos recibieron con unas Beer Lao en la mano y con los que celebramos el reencuentro los días siguientes, nos pusimos al día, nos echamos unas cuantas risas y ¡hasta bebimos vino! Un vino francés riquísimo, vaya tarde nos marcamos el día que se marcharon, aún no sabemos cómo sobrevivieron a una noche de autobús después de aquella tarde. Sin duda fueron unos días increíbles, con unos desayunos fantásticos, visitas a templos budistas, noches inolvidables tomándonos unas birras hasta las tantas y charlando sin parar, e incluso comiendo unos dumplings de madrugada, ¡qué gozada! Ya estamos esperando volvernos a encontrar…
El resto de nuestra estancia en Luang Prabang se activó el mode birthday, pues celebramos el cumpleaños de Diana y nos dimos algún homenaje a base de una suculenta cena probando un montón de platos típicos laosianos, increíbles, y regados como no con vino tinto, así como regalarnos unos masajitos y dedicarnos a estar de vacaciones y olvidarnos unos días de hacer y deshacer mochilas, pensar a dónde íbamos y viajar en interminables trayectos de autobús. Y Luang Prabang es uno de los mejores lugares para hacerlo.

Un día en la jungla

Hoy ha sido un día increíble. Después un desayuno a base de galletas (como viene siendo habitual) hemos ido hasta el local de Deng, el que iba a ser nuestro guía en nuestra caminata por en medio de la jungla. Lamentablemente, Deng nos comunica que no íbamos a poder ver ningún tigre, pues para ello, tendríamos que hacer una ruta de 3-4 días, lo que nos salía sumamente caro, ¡qué pena!
Lo primero que hacemos es ir con nuestro guía al mercado local, donde nos da una pequeña clase de como comprar barato (cosa fácil para él, pues es local, porque nosotros volvimos al día siguiente y nos pedían 4-5 veces el precio real) y de calidad. Compramos carne de cerdo, plátanos, verdura, sticky rice (un arroz pegajoso que está riquísimo) y unos dulces de arroz con plátano envueltos en hoja de palmera que están deliciosos y que nos sirvieron como aperitivo durante el camino.
Tras la compra subimos a la furgoneta y fuimos a visitar un pueblo de la minoría étnica Lahu, a la que pertenecía nuestro guía. Fuera de ser una turistada más (como pensamos al principio) la visita al pueblo fue una experiencia muy agradable y enriquecedora, pues Deng nos explicó muchísimas cosas acerca de la manera de vivir y creencias de la gente laosiana. A modo de ejemplo, nos explicó que las casas se construyen sobre pilares para poder dejar un espacio debajo de la casa a modo de almacenaje y que acceden a la vivienda a través de una escalera que siempre debe tener un número par de escalones, pues de esa manera los malos espíritus no pueden entrar en sus casas. Por el contrario, cuando alguien de la familia muere, deben cambiar la escalera de acceso por una con un número impar de escalones, porque así permiten al espíritu del difunto que entre en la vivienda y pueda proteger a la familia. Y así, unas cuantas cosas más acerca de la vida cotidiana de los laosianos. También nos explicó el significado de la bandera laosiana, con 2 franjas rojas, una azul y un círculo blanco en el centro. Las 2 franjas azules simbolizan la unión del cielo (azul) y la tierra (verde, pues Laos está completamente poblado por bosques tropicales). El color rojo simboliza la sangre vertida por los miles de laosianos muertos en diferentes conflictos bélicos en los que ellos no querían participar y que los países vecinos, especialmente China (una vez más, el país asiático que se cree con derecho de invadir a sus vecinos cuando se le antoja), Tailandia y EEUU (para no variar, éstos últimos especialmente sangrientos e inhumanos). Y el color blanco de su bandera simboliza el carácter pacífico de los laosianos, que intentan vivir en paz con sus vecinos a pesar del empeño que históricamente han mostrado ellos en evitarlo.
Después de visitar el pueblo, recogimos a un nuevo guía que se conocía bien la zona y empezamos nuestra aventura por la jungla, caminando por un estrecho, embarrado y resbaladizo sendero por el que nuestros guías en chanclas se movían como Pedro por su casa mientras nosotros íbamos con nuestras superbotas de trekking dando palos de ciego para intentar mantener el equilibrio ¡qué triste! A cada paso que dábamos, Deng nos iba explicando cosas sobre la selva, enseñándonos los tipos de plantas que encontrábamos a nuestro paso, dándonos a probar un montón de plantas y frutas de las que jamás habíamos oído hablar, probamos nuestro primer plátano silvestre, y también iba recogiendo hojas de palmera y otras plantas que nos servirían de platos más tarde.
A mitad de camino hicimos un alto para preparar la comida en un pequeño claro donde los lugareños habían construido un pequeño refugio. Deng y su amigo sacaron sus machetes y empezaron a cortar trozos de bambú, con el que hicieron de todo. Un trozo sirvió de olla para cocinar la carne junto con las plantas recogidas durante el camino. Otro trozo lo utilizaron para fabricar una especie de “plato” en el que servir la comida. Otro sirvió para fabricar unas cucharas de bambú, etc. Es increíble lo atrofiados que estamos los cosmopolitas del primer mundo y lo poco que necesita esta gente para sobrevivir, tan solo un machete y la jungla les provee de cuanto necesitan, son unos cracks, saben hacer de todo. Si nos dejaran a nosotros en medio de aquellos bosques no duraríamos ni un santiamén. Realmente nos dieron una lección en toda regla, y a nosotros nos pareció la repera lo que estaban haciendo, cuando sin ir más lejos, muchos de nuestros padres también eran capaces de hacer lo mismo. Nuestra sociedad tiene algunas cosas buenas, pero ha atrofiado completamente nuestro instinto de supervivencia.
Después de una comida estupenda, nuevamente a caminar hasta llegar a unos bancales de arroz, en donde aprendimos que el arroz, al igual que el trigo, se espiga (hasta donde llegaba nuestra ignorancia…) y donde casi nos perdemos, a pesar de llevar guía, pero llegamos sanos y salvos. Después de la caminata aún fuimos a visitar una aldea de la minoría étnica Hmong, una etnia con la que nos volvíamos a cruzar después de nuestra visita a Sapa y que está repartida por toda Indochina, en donde al entrar en el pueblo un grupo de niños salieron a recibirnos con sus estruendosas risas, que se multiplicaron por diez cuando Diana empezó a hacerles fotos (los niños laosianos son los más simpáticos, igual que los adultos, que nos hemos cruzado hasta la fecha durante nuestro viaje). Aquí Deng nos explicó que las aldeas laosianas tienen 3 jefes (mayoritariamente hombres, aunque existen algunas en que las mujeres pueden ser jefes), que son escogidos por votación a mano alzada entre los habitantes del pueblo y que son elegidos por un período de 3 años, después del cual nunca más pueden volver a ser jefes. Además de eso, está la figura del hombre más anciano de la comarca, al que se le puede pedir consejo y cuya voz y voto tiene más importancia del que nosotros pudiéramos pensar.
Como decía al principio, el día fue una experiencia increíble y aprendimos muchísimo acerca de las costumbres de los laosianos. Uno de los mejores días del viaje, sin duda.
Al día siguiente, aún con resaca por la experiencia del día anterior, decidimos tomárnoslo con más calma y alquilamos unas bicicletas para ir a visitar unas cataratas a 6 km de distancia de la ciudad. El paseo hasta las mismas es muy sencillo y en apenas una hora llegas a la entrada de las cataratas a un ritmo tranquilo. La entrada cuesta 10000 kip + 5000 kip por aparcar la bicicleta (total 2 personas + 2 bicicletas = 30000 kip (1,2 euros)). Desde la entrada a las cataratas hay un pequeño paseo de 15 minutos. En la ciudad te venden la cascada como algo impresionante, pero una vez que llegas allí, no es más que una pequeña cascada de apenas 5-6 metros de altura, aunque por el precio, merece la pena ir hasta allí y quedarse un rato con los pies en remojo y pasar la mañana lejos del calor de la ciudad.
Luang Nam Tha tiene muchísimas opciones de senderismo, pero muy caras si viajas con un presupuesto limitado. Pero si tu destino de vacaciones solamente es Laos, merece la pena realizar un trekking de varios días, pues los precios son asequibles si los comparas con los de nuestro país.

Los dragones

Después de 10 horas de viaje llegamos a Vientiane, concretamente a la estación de autobuses del sur, a unos 6 km del centro de la ciudad, y teníamos que ir a la estación de autobuses del norte, que está en la otra punta de la ciudad, a 11 km del centro. Laos no podía ser perfecto. Y es que en este país, las estaciones de autobuses están a tomar por culo, cuanto más lejos mejor, quizá para dar trabajo a los conductores de tuk-tuk, pero no hay ninguna que esté a una distancia razonable caminando del centro de las ciudades. Un gran fallo…o no.
Llegamos a la estación del norte, llamada así porque desde ella salen los autobuses en dirección al norte del país (esto se repite en todas las ciudades). Allí pasamos 12 largas horas hasta que saliera nuestro autobús a Luang Prabang, a donde llegamos tras otras largas 14 horas en la carretera. Una vez en el centro de Luang Prabang tratamos de encontrar un alojamiento económico, cosa que resultó más difícil de lo previsto, pues esta ciudad es un importante destino de turismo occidental y los precios son totalmente desproporcionados. Aun así, encontramos una habitación por 10 dólares en un lugar espectacular, en una pequeña casa para 2 con jardín ¡un lujo! Y además venía con sorpresa. Mientras inspeccionábamos la habitación en busca de vida interior vi detrás de la cabecera de la cama dos figuras de piedra, o eso creía yo, de algo parecido a unas salamanquesas gigantes (Laos está lleno de ellas), hasta que una de las figuritas decidió moverse ¡joder, qué susto! Al ver corretear a esas bestias de 30 cm de longitud salimos de la habitación a pedir auxilio al dueño del hotel, que no os creáis que fue tan pancho. El tipo cogió unas tenazas, y medio acongojado sacó a los dragoncillos uno a uno, y como peleaban los condenados. De todas maneras, el tipo no perdió la sonrisa en ningún momento, cosa habitual en este país.
Superado el pequeño incidente, y esperando no tener más vida en la habitación, fuimos a comprar nuestro billete a Luang Nam Tha para el día siguiente y también a dar una vuelta por la ciudad alrededor de los ríos Nam Tha y Mekong. Además, ese fin de semana se celebraba en Luang Prabang la Boat Racing, una gran fiesta culminada por unas carreras de traineras que traían loca a la ciudad, en donde 50 tíos encima de una canoa enorme remaban a destajo gritando al unísono a cada remada, todo un espectáculo. Lamentablemente solo pudimos ver los entrenamientos, pues las carreras eran el día que marchábamos.
Al día siguiente bien temprano nos vienen a recoger para llevarnos hasta la minivan que nos conducirá hasta Luang Nam Tha, donde los lugareños amablemente nos dejaron los dos últimos asientos justo encima de las ruedas traseras, ¡qué suerte! Fueron casi 9 horas de botes continuos, donde con cada bache saltábamos de los asientos y gracias al cinturón de seguridad no nos empotramos contra el techo de la furgoneta, aunque Diana tuvo un par de coscorrones y nuestras lumbares acabaron echas trizas. A pesar de eso, recordemos que esto es Laos, el viaje fue espectacular, ¡menudos paisajes tiene este país! La verdad es que el viaje fue de lo más curioso, pues por ejemplo, cuando alguien tiene ganas de mear avisa al conductor y ¡venga! Todos abajo a vaciar en la cuneta. Que ahora veo un puesto de fruta que me gusta, aviso al conductor y bajo a comprar naranjas a kilos. Si de repente el conductor para, nadie baja de la furgoneta y no tienes ni idea de que está pasando, resulta que ha habido un desprendimiento de tierra que corta la carretera y no puedes pasar. Pero no pasa nada siempre y cuando tengas un par de excavadoras trabajando a todo trapo para despejar el camino en apenas 20 minutos. ¡Impresionante!
Una vez en Luang Nam Tha, como no, la estación está a 10 km del pueblo y el único tuk-tuk que hay quiere sacar tajada del asunto y cobrarnos el doble por llevarnos, además de reírse en nuestra puta cara mientras nos dice que es nuestra única posibilidad. ¿Seguro? Pues lo llevas claro colega, acabas de perder unos dólares (fue nuestra respuesta). Salimos de la estación de autobuses y paramos a una ranchera en la gasolinera que estaba al lado y conseguimos que nos llevara hasta el pueblo por la cara, parando por el camino para comprar unas sillas para la casa. Lástima que no pudimos despedirnos del usurero del tuk-tuk. Y para celebrarlo, ¡pues unas Beer Lao!
Nos alojamos en Zuela Guesthouse, una casita de madera muy acogedora, muy limpia (como todos los alojamientos en Laos), con wifi en la habitación y mosquitera, en medio de un jardincillo y con una terraza para los huéspedes. Todo por el módico precio de 7 euros la noche. Además, cenamos en un restaurante japonés donde con la comida te servían agua gratis y donde nos pusimos las botas con un yakisoba más que aceptable y un katsudon exquisito. Y atendidos de la mejor de las maneras posibles. ¡Cómo nos está gustando Laos!
 

¡Saa bai dee!


Salimos en autobús desde Phnom Penh a las 7:00 am. A las 6:30 debía venir a recogernos el servicio pick up de la compañía de autobús, y vino. Por desgracia, el chófer de la furgoneta se negó a llevarnos porque no figurábamos en su lista, a pesar de que el trayecto que iba a hacer era el mismo. ¡Increíble! Finalmente el personal del hotel, ya que el error había sido de ellos a la hora de hacer la reserva, nos pagó un tuk-tuk hasta la estación de autobuses.
A las 7 en punto salía el VIP bus dirección a Laos. Lo de VIP bus se debía a los ribetes de las cortinas y a que tenía unos sillones de cuero enormes, a la par que poco cómodos, ya que ni siquiera tenía aire acondicionado, ¡menudo VIP bus! En fin, salimos con puntualidad exquisita con mi amigo Nakamura, un japonés que también viajaba por Asia y que me tiró la caña minutos antes de subir al autobús. Aún me lo encontraría un par de veces más con sendos tiros de caña hábilmente evitados. ¡Qué sex appeal el mío!
El viaje hasta la frontera se hizo largo, muy largo. Antes de llegar al puesto fronterizo el azafato del autobús nos solicitó los pasaportes y el dinero para tramitar el visado on arrival (nos pidió 6 dólares más del precio real). Nosotros le dijimos amablemente que lo obtendríamos por nuestra cuenta. Y al llegar a la frontera empezó el show, una vez más. El “oficial” del puesto nos pedía 2 dólares por cabeza para ponernos el diminuto sello de salida de Camboya, a lo que obviamente nos negamos, pues sabíamos con certeza que no debíamos pagar ese “peaje”, y el muy cabrón nos invitó a cruzar la frontera sin ponernos el maldito sello, sabiendo que en el lado laosiano no nos iban a conceder el visado sin el sello de salida camboyano. Lógico. Así pues, volvimos al lado camboyano, donde, para nuestra sorpresa, el “oficial” había decidido recoger sus bártulos y abandonar el puesto. Allí, sus secuaces nos dijeron que al menos íbamos a esperar 1 hora, por sus cojones, a no ser, claro, que pagáramos.
Lo cierto es que el resto de turistas estaban dispuestos a pagar los 2 dólares de “peaje”, pero gracias a Diana, que les alentó a no dejarse engañar y no pasar por el aro, montamos nuestra pequeña rebelión en medio de la nada, entre risas y cagándonos en los ancestros del “policía” y sus amigos. Pasados unos minutos, el “individuo” en cuestión nos rebajó su tasa a 1 dólar, a lo que nos volvimos a negar, por supuesto. Entonces apareció el azafato del autobús, quien estaba cabreado por no haber conseguido sus dólares extras del día (unos 30-40 dólares aproximadamente) y nos amenazó con no esperar más y dejarnos en tierra si no pagábamos el “arancel”. Aquí están todos compinchados, panda de….. Diana y yo seguíamos en nuestras trece. Ella fotografió la matrícula del autobús por si acaso y les amenazó con llamar a la policía. Lamentablemente, el resto de guiris fue pasando por caja uno tras otro obligándonos a nosotros también a pagar el puto dólar que fue directo al bolsillo del mamón del “policía”.
Una vez en lado laosiano la misma historia, pero allí ya pagamos directamente el “peaje” sin montar follón y por fin obtuvimos nuestra puerta de entrada a Laos.
Después de este pequeño episodio, y tras unas cuantas horas más de carretera, ¡Saa bai dee!, llegamos a Pakse. Mi amigo Nakamura aprovechó para pedirme mi mail y mi Facebook y después cogimos un tuk-tuk que nos llevara al hotel a por una merecida ducha.
Ya limpitos y habiendo cambiado nuestros dólares en un supermercado a las 8 de la noche, ya pudimos comprobar que la gente de Laos es la más amable que nos habíamos encontrado hasta la fecha y con mucha diferencia. Bastaron tan solo unos pocos minutos para darnos cuenta de que Laos es totalmente distinto al resto del sureste asiático, pausado, calmado y lejos del habitual bullicio, con sus gentes afables y transmitiendo una gran calma. ¡Una delicia!
El día lo terminamos con una rica cena (y mucho más barata que en Camboya) y unas fresquísimas Beer Lao con las que celebramos que nos habíamos ahorrado unos cuantos dólares en la frontera. Hoy nos las habíamos ganado con creces.
A la mañana siguiente, ya en pleno día, comprobamos que nuestras sensaciones del día anterior no habían sido un espejismo y que en Laos nos íbamos a sentir como en casa. Se respiraba una tranquilidad abrumadora. Pakse es una ciudad sin apenas tráfico, lejos del frenesí automovilístico de los países que habíamos visitado antes y donde se respira una paz casi absoluta. Dimos un paseo por la ribera del Mekong, visitando un templo budista donde los monjes ataviados con sus trajes color naranja te saludan con una gran sonrisa haciéndote sentir bienvenido, y recorrimos las tranquilas calles de la ciudad mientras dejábamos pasar el tiempo antes de coger el autobús que nos llevaría hasta la capital, Vientiane.
Ese autobús sí que era realmente un VIP bus. Las literas eran completamente horizontales y hechas para 2 personas (lo que es una suerte si viajas en pareja o puede ser horrible si viajas solo), con una manta precintada en una bolsa de plástico, un snack de bienvenida, una botella de agua y una toallita para limpiarte. Y también con baño y aire acondicionado. No dábamos crédito, estábamos flipando con el autobús. Esa fue la primera vez que dormimos a pierna suelta en un sleeper bus en lo que llevábamos de viaje, y también sería la última.