La esencia de Vietnam
En Vietnam todo es susceptible de ser copiado. En cualquier rincón encuentras una imitación, da igual de qué se trate, ellos ya lo habrán copiado...pero en esta ocasión fueron demasiado lejos.
Bahía de Halong
Vendedora ambulante en medio de la Bahía de Halong.
Angkor Wat
Visitando el edificio principal del recinto de Angkor, al que da nombre. Un edificio majestuoso, bello y lleno de historia.
Annapurna Circuit
Caminando por el Himalaya, rodeando el macizo del Annapurna, encontramos recónditos e increibles paisajes como el valle donde se encuentra el colorido pueblo de Tal.
Himalaya indio
Impresionantes vistas aéreas de los picos nevados de la cordillera del Himalaya en su parte más oriental, al norte de la India, en Ladakh.
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19 de noviembre de 2012
Vang Vieng y el tubbing
Nuestra penúltima parada en Laos la hicimos
en Vang Vieng, pequeña ciudad ribereña famosa por ser un destino turístico de
fiesta, borrachera y especialmente por el tubbing. El tubbing consiste en
alquilar un neumático gigante que se utiliza como flotador y tirarse montado
sobre el mismo río abajo para que te vayan pescando desde los bares de la
orilla y te vayas tajando poco a poco a medida que bajas por el río, una
actividad llamativa y muy peligrosa en la que cada año alguien se deja la vida,
pues no es infrecuente que se mezclen el alcohol y las drogas mientras se hace
tubbing. Es difícil resistirse a la tentación del tubbing, pero nosotros lo
conseguimos.
En Vang Vieng hay más cosas que hacer a parte
del tubbing, y es un buen lugar para practicar btt o senderismo, que es lo que
hicimos. Allí alquilamos unas bicicletas los 2 días que estuvimos, por 30000
kips el día completo (1,2 euros, algo caro para Laos), en el único lugar de la
ciudad donde si tienes un pinchazo no te hacen pagar nada (es curioso, pero en
Vang Vieng, para alquilar una bici tienes que dejar el pasaporte y si tienes un
pinchazo te cobran por arreglarlo en la gran mayoría de sitios, y es más caro
que alquilar la bicicleta). El primer día fuimos a la Blue lagoon, un trayecto de unos 12 km ida hasta un lugar que en
principio prometía mucho y que una vez allí te dabas cuenta que era otro
sacadineros más para los turistas, pues se trataba de un pequeño estanque
artificial en una esplanada a la entrada de unas cuevas, con un árbol en el que
han construido una pequeña pasarela para que los guiris podamos saltar desde
sus ramas a unos 4-5 metros de altura. Nos dimos un baño en su agua gélida y
cansados de tanta hormona teenager y tanto “hippie” de pacotilla cogimos
nuevamente nuestras bicis camino a Vang Vieng a por unas Beer Lao. Al día
siguiente, nuevamente con nuestras bicis, fuimos a ver unas cataratas, y nos lo
pasamos en grande. La catarata principal es un salto de agua de unos 30-40
metros de altura, en un entorno espectacular y donde bañarte en una pequeña
laguna con su cascada sin nadie a tu alrededor, uno de esos lugares que buscas
cuando empiezas cualquier viaje. Disfrutamos muchísimo.
Por lo demás, Vang Vieng es un lugar diseñado
para un turismo de veinteañeros, la fiesta y las drogas, lleno de restaurantes
donde sentarse sobre cojines mientras te bombardean con videos y más videos de Friends o Family Guy, y donde te ofrecen cubalitros (o cachis) de whisky Lao con cola gratuitos para que
entres a cenar y te vayas entonando poco a poco. Y a pesar de lo que habíamos
oído sobre el lugar, una vez allí vimos que no era para tanto y estuvimos la
mar de tranquilos y disfrutando de la naturaleza de Laos.
Luang Prabang. El reencuentro
Ya hemos dejado la jungla y hemos vuelto a
Luang Prabang. Allí nos estaban esperando nuestros amigos malagueños, Carlos y
Patricia, con los que coincidimos muy brevemente en Xian, y que mientras
estábamos en Luang Nam Tha nos dijeron por whatsapp que estarían en Luang
Prabang en las mismas fechas que nosotros, ¡qué alegría! Teníamos muchas ganas
de volver a encontrarnos con ellos y mucha curiosidad por saber como les había
ido su viaje de dos meses por China.
En el viaje de vuelta a Luang Prabang, otra
vez en minivan, coincidimos con una pareja de Barcelona que estaba de
vacaciones en Laos y con otra pareja mejicana que estaba terminando aquí su
viaje de un año. Esta vez el viaje fue mucho más plácido que el de ida, sin
tanto bote (nos habíamos asegurado de no ir sentados al fondo), aunque
amenizado por la horrible música de una chica laosiana. El único contratiempo
del viaje lo tuvimos en un tramo cuesta arriba totalmente embarrado, en el que
por un momento nos vimos fuera de la furgoneta, llenos de barro hasta las orejas y tirando de una cuerda para poder sacarla de allí. Afortunadamente eso
no ocurrió. La solución la puso el conductor. Que no puedo pasar, no hay
problema. Doy marcha atrás, cojo carrerilla y piso el acelerador a fondo a ver
si consigo pasar. Así hasta 3 veces cogiendo cada vez más carrerilla, mientras
a nosotros se nos ponían de corbata con cada nueva embestida, hasta que al
final el conductor consiguió salir del atolladero sin problemas y con nuestras
caras de susto. En definitiva, el viaje transcurrió sin incidencias y
disfrutando de unos paisajes absolutamente espectaculares, como todos los que
puedes ver en Laos. ¡Qué país tan fascinante!
Al llegar a Luang Prabang, negociamos un tuk-tuk
barato que nos dejara en el centro a los seis. Nada más bajar, apareció otro
conductor de tuk-tuk ofreciéndonos una habitación por 50000 kip (5 euros).
Normalmente hubiésemos pasado de él y hubiésemos ido a buscar alojamiento por
nuestra cuenta, pero casualmente, el sitio que nos ofrecía era el mismo en el
que estaban alojados nuestros amigos malagueños, el Soutikon Guesthouse, así que decidimos acompañarle. Había tres habitaciones disponibles, una para cada una de las parejas, y como nos gustaron decidimos quedarnos.
Después de darnos una ducha fuimos al
encuentro de nuestros amigos, que nos recibieron con unas Beer Lao en la mano y
con los que celebramos el reencuentro los días siguientes, nos pusimos al día,
nos echamos unas cuantas risas y ¡hasta bebimos vino! Un vino francés
riquísimo, vaya tarde nos marcamos el día que se marcharon, aún no sabemos cómo
sobrevivieron a una noche de autobús después de aquella tarde. Sin duda fueron
unos días increíbles, con unos desayunos fantásticos, visitas a templos
budistas, noches inolvidables tomándonos unas birras hasta las tantas y
charlando sin parar, e incluso comiendo unos dumplings de madrugada, ¡qué gozada! Ya estamos esperando volvernos
a encontrar…
El resto de nuestra estancia en Luang Prabang
se activó el mode birthday, pues
celebramos el cumpleaños de Diana y nos dimos algún homenaje a base de una
suculenta cena probando un montón de platos típicos laosianos, increíbles, y
regados como no con vino tinto, así como regalarnos unos masajitos y dedicarnos
a estar de vacaciones y olvidarnos unos días de hacer y deshacer mochilas,
pensar a dónde íbamos y viajar en interminables trayectos de autobús. Y Luang
Prabang es uno de los mejores lugares para hacerlo.
Un día en la jungla
Hoy ha sido un día increíble. Después un
desayuno a base de galletas (como viene siendo habitual) hemos ido hasta el
local de Deng, el que iba a ser nuestro guía en nuestra caminata por en medio
de la jungla. Lamentablemente, Deng nos comunica que no íbamos a poder ver
ningún tigre, pues para ello, tendríamos que hacer una ruta de 3-4 días, lo que
nos salía sumamente caro, ¡qué pena!
Lo primero que hacemos es ir con nuestro guía
al mercado local, donde nos da una pequeña clase de como comprar barato (cosa
fácil para él, pues es local, porque nosotros volvimos al día siguiente y nos
pedían 4-5 veces el precio real) y de calidad. Compramos carne de cerdo,
plátanos, verdura, sticky rice (un
arroz pegajoso que está riquísimo) y unos dulces de arroz con plátano envueltos
en hoja de palmera que están deliciosos y que nos sirvieron como aperitivo
durante el camino.
Tras la compra subimos a la furgoneta y
fuimos a visitar un pueblo de la minoría étnica Lahu, a la que pertenecía nuestro guía.
Fuera de ser una turistada más (como pensamos al principio) la visita al pueblo
fue una experiencia muy agradable y enriquecedora, pues Deng nos explicó
muchísimas cosas acerca de la manera de vivir y creencias de la gente laosiana.
A modo de ejemplo, nos explicó que las casas se construyen sobre pilares para
poder dejar un espacio debajo de la casa a modo de almacenaje y que acceden a
la vivienda a través de una escalera que siempre debe tener un número par de
escalones, pues de esa manera los malos espíritus no pueden entrar en sus
casas. Por el contrario, cuando alguien de la familia muere, deben cambiar la
escalera de acceso por una con un número impar de escalones, porque así
permiten al espíritu del difunto que entre en la vivienda y pueda proteger a la
familia. Y así, unas cuantas cosas más acerca de la vida cotidiana de los
laosianos. También nos explicó el significado de la bandera laosiana, con 2
franjas rojas, una azul y un círculo blanco en el centro. Las 2 franjas azules
simbolizan la unión del cielo (azul) y la tierra (verde, pues Laos está
completamente poblado por bosques tropicales). El color rojo simboliza la
sangre vertida por los miles de laosianos muertos en diferentes conflictos
bélicos en los que ellos no querían participar y que los países vecinos,
especialmente China (una vez más, el país asiático que se cree con derecho de
invadir a sus vecinos cuando se le antoja), Tailandia y EEUU (para no variar,
éstos últimos especialmente sangrientos e inhumanos). Y el color blanco de su bandera
simboliza el carácter pacífico de los laosianos, que intentan vivir en paz con
sus vecinos a pesar del empeño que históricamente han mostrado ellos en
evitarlo.
Después de visitar el pueblo, recogimos a un
nuevo guía que se conocía bien la zona y empezamos nuestra aventura por la
jungla, caminando por un estrecho, embarrado y resbaladizo sendero por el que
nuestros guías en chanclas se movían como Pedro por su casa mientras nosotros
íbamos con nuestras superbotas de trekking dando palos de ciego para intentar
mantener el equilibrio ¡qué triste! A cada paso que dábamos, Deng nos iba
explicando cosas sobre la selva, enseñándonos los tipos de plantas que
encontrábamos a nuestro paso, dándonos a probar un montón de plantas y frutas
de las que jamás habíamos oído hablar, probamos nuestro primer plátano
silvestre, y también iba recogiendo hojas de palmera y otras plantas que nos
servirían de platos más tarde.
A mitad de camino hicimos un alto para
preparar la comida en un pequeño claro donde los lugareños habían construido un
pequeño refugio. Deng y su amigo sacaron sus machetes y empezaron a cortar
trozos de bambú, con el que hicieron de todo. Un trozo sirvió de olla para
cocinar la carne junto con las plantas recogidas durante el camino. Otro trozo
lo utilizaron para fabricar una especie de “plato” en el que servir la comida.
Otro sirvió para fabricar unas cucharas de bambú, etc. Es increíble lo
atrofiados que estamos los cosmopolitas del primer mundo y lo poco que necesita
esta gente para sobrevivir, tan solo un machete y la jungla les provee de
cuanto necesitan, son unos cracks, saben hacer de todo. Si nos dejaran a
nosotros en medio de aquellos bosques no duraríamos ni un santiamén. Realmente
nos dieron una lección en toda regla, y a nosotros nos pareció la repera lo que
estaban haciendo, cuando sin ir más lejos, muchos de nuestros padres también
eran capaces de hacer lo mismo. Nuestra sociedad tiene algunas cosas buenas,
pero ha atrofiado completamente nuestro instinto de supervivencia.
Después de una comida estupenda, nuevamente a
caminar hasta llegar a unos bancales de arroz, en donde aprendimos que el arroz,
al igual que el trigo, se espiga (hasta donde llegaba nuestra ignorancia…) y
donde casi nos perdemos, a pesar de llevar guía, pero llegamos sanos y salvos.
Después de la caminata aún fuimos a visitar una aldea de la minoría étnica Hmong, una
etnia con la que nos volvíamos a cruzar después de nuestra visita a Sapa y que
está repartida por toda Indochina, en donde al entrar en el pueblo un grupo de
niños salieron a recibirnos con sus estruendosas risas, que se multiplicaron
por diez cuando Diana empezó a hacerles fotos (los niños laosianos son los más
simpáticos, igual que los adultos, que nos hemos cruzado hasta la fecha durante
nuestro viaje). Aquí Deng nos explicó que las aldeas laosianas tienen 3 jefes
(mayoritariamente hombres, aunque existen algunas en que las mujeres pueden ser
jefes), que son escogidos por votación a mano alzada entre los habitantes del
pueblo y que son elegidos por un período de 3 años, después del cual nunca más
pueden volver a ser jefes. Además de eso, está la figura del hombre más anciano
de la comarca, al que se le puede pedir consejo y cuya voz y voto tiene más
importancia del que nosotros pudiéramos pensar.
Como decía al principio, el día fue una
experiencia increíble y aprendimos muchísimo acerca de las costumbres de los
laosianos. Uno de los mejores días del viaje, sin duda.
Al día siguiente, aún con resaca por la
experiencia del día anterior, decidimos tomárnoslo con más calma y alquilamos
unas bicicletas para ir a visitar unas cataratas a 6 km de distancia de la
ciudad. El paseo hasta las mismas es muy sencillo y en apenas una hora llegas a
la entrada de las cataratas a un ritmo tranquilo. La entrada cuesta 10000 kip +
5000 kip por aparcar la bicicleta (total 2 personas + 2 bicicletas = 30000 kip
(1,2 euros)). Desde la entrada a las cataratas hay un pequeño paseo de 15
minutos. En la ciudad te venden la cascada como algo impresionante, pero una
vez que llegas allí, no es más que una pequeña cascada de apenas 5-6 metros de
altura, aunque por el precio, merece la pena ir hasta allí y quedarse un rato
con los pies en remojo y pasar la mañana lejos del calor de la ciudad.
Luang Nam Tha tiene muchísimas opciones de
senderismo, pero muy caras si viajas con un presupuesto limitado. Pero si tu
destino de vacaciones solamente es Laos, merece la pena realizar un trekking de
varios días, pues los precios son asequibles si los comparas con los de nuestro
país.
Los dragones
Después
de 10 horas de viaje llegamos a Vientiane, concretamente a la estación de
autobuses del sur, a unos 6 km del centro de la ciudad, y teníamos que ir a la
estación de autobuses del norte, que está en la otra punta de la ciudad, a 11
km del centro. Laos no podía ser perfecto. Y es que en este país, las
estaciones de autobuses están a tomar por culo, cuanto más lejos mejor, quizá
para dar trabajo a los conductores de tuk-tuk,
pero no hay ninguna que esté a una distancia razonable caminando del centro de
las ciudades. Un gran fallo…o no.
Llegamos
a la estación del norte, llamada así porque desde ella salen los autobuses en
dirección al norte del país (esto se repite en todas las ciudades). Allí
pasamos 12 largas horas hasta que saliera nuestro autobús a Luang Prabang, a
donde llegamos tras otras largas 14 horas en la carretera. Una vez en el centro
de Luang Prabang tratamos de encontrar un alojamiento económico, cosa que
resultó más difícil de lo previsto, pues esta ciudad es un importante destino
de turismo occidental y los precios son totalmente desproporcionados. Aun así,
encontramos una habitación por 10 dólares en un lugar espectacular, en una
pequeña casa para 2 con jardín ¡un lujo! Y además venía con sorpresa. Mientras
inspeccionábamos la habitación en busca de vida interior vi detrás de la
cabecera de la cama dos figuras de piedra, o eso creía yo, de algo parecido a
unas salamanquesas gigantes (Laos está lleno de ellas), hasta que una de las
figuritas decidió moverse ¡joder, qué susto! Al ver corretear a esas bestias de
30 cm de longitud salimos de la habitación a pedir auxilio al dueño del hotel,
que no os creáis que fue tan pancho. El tipo cogió unas tenazas, y medio
acongojado sacó a los dragoncillos uno a uno, y como peleaban los condenados.
De todas maneras, el tipo no perdió la sonrisa en ningún momento, cosa habitual
en este país.
Superado
el pequeño incidente, y esperando no tener más vida en la habitación, fuimos a
comprar nuestro billete a Luang Nam Tha para el día siguiente y también a dar
una vuelta por la ciudad alrededor de los ríos Nam Tha y Mekong. Además, ese
fin de semana se celebraba en Luang Prabang la Boat Racing, una gran fiesta culminada por unas carreras de
traineras que traían loca a la ciudad, en donde 50 tíos encima de una canoa
enorme remaban a destajo gritando al unísono a cada remada, todo un
espectáculo. Lamentablemente solo pudimos ver los entrenamientos, pues las
carreras eran el día que marchábamos.
Al día
siguiente bien temprano nos vienen a recoger para llevarnos hasta la minivan que nos conducirá hasta Luang
Nam Tha, donde los lugareños amablemente nos dejaron los dos últimos asientos
justo encima de las ruedas traseras, ¡qué suerte! Fueron casi 9 horas de botes
continuos, donde con cada bache saltábamos de los asientos y gracias al
cinturón de seguridad no nos empotramos contra el techo de la furgoneta, aunque
Diana tuvo un par de coscorrones y nuestras lumbares acabaron echas trizas. A
pesar de eso, recordemos que esto es Laos, el viaje fue espectacular, ¡menudos
paisajes tiene este país! La verdad es que el viaje fue de lo más curioso, pues
por ejemplo, cuando alguien tiene ganas de mear avisa al conductor y ¡venga!
Todos abajo a vaciar en la cuneta. Que ahora veo un puesto de fruta que me
gusta, aviso al conductor y bajo a comprar naranjas a kilos. Si de repente el
conductor para, nadie baja de la furgoneta y no tienes ni idea de que está
pasando, resulta que ha habido un desprendimiento de tierra que corta la
carretera y no puedes pasar. Pero no pasa nada siempre y cuando tengas un par
de excavadoras trabajando a todo trapo para despejar el camino en apenas 20
minutos. ¡Impresionante!
Una vez
en Luang Nam Tha, como no, la estación está a 10 km del pueblo y el único tuk-tuk que hay quiere sacar tajada del
asunto y cobrarnos el doble por llevarnos, además de reírse en nuestra puta
cara mientras nos dice que es nuestra única posibilidad. ¿Seguro? Pues lo
llevas claro colega, acabas de perder unos dólares (fue nuestra respuesta).
Salimos de la estación de autobuses y paramos a una ranchera en la gasolinera que
estaba al lado y conseguimos que nos llevara hasta el pueblo por la cara,
parando por el camino para comprar unas sillas para la casa. Lástima que no
pudimos despedirnos del usurero del tuk-tuk.
Y para celebrarlo, ¡pues unas Beer Lao!
Nos
alojamos en Zuela Guesthouse, una casita de madera muy acogedora, muy limpia
(como todos los alojamientos en Laos), con wifi en la habitación y mosquitera,
en medio de un jardincillo y con una terraza para los huéspedes. Todo por el
módico precio de 7 euros la noche. Además, cenamos en un restaurante japonés
donde con la comida te servían agua gratis y donde nos pusimos las botas con un
yakisoba más que aceptable y un katsudon exquisito. Y atendidos de la
mejor de las maneras posibles. ¡Cómo nos está gustando Laos!
¡Saa bai dee!
Salimos en autobús desde Phnom Penh a las
7:00 am. A las 6:30 debía venir a recogernos el servicio pick up de la compañía de autobús, y vino. Por desgracia, el chófer
de la furgoneta se negó a llevarnos porque no figurábamos en su lista, a pesar
de que el trayecto que iba a hacer era el mismo. ¡Increíble! Finalmente el
personal del hotel, ya que el error había sido de ellos a la hora de hacer la
reserva, nos pagó un tuk-tuk hasta la
estación de autobuses.
A las 7 en punto salía el VIP bus dirección a
Laos. Lo de VIP bus se debía a los ribetes de las cortinas y a que tenía unos
sillones de cuero enormes, a la par que poco cómodos, ya que ni siquiera tenía
aire acondicionado, ¡menudo VIP bus! En fin, salimos con puntualidad exquisita
con mi amigo Nakamura, un japonés que también viajaba por Asia y que me tiró la
caña minutos antes de subir al autobús. Aún me lo encontraría un par de veces
más con sendos tiros de caña hábilmente evitados. ¡Qué sex appeal el mío!
El viaje hasta la frontera se hizo largo, muy
largo. Antes de llegar al puesto fronterizo el azafato del autobús nos solicitó
los pasaportes y el dinero para tramitar el visado on arrival (nos pidió 6 dólares más del precio real). Nosotros le
dijimos amablemente que lo obtendríamos por nuestra cuenta. Y al llegar a la
frontera empezó el show, una vez más. El “oficial” del puesto nos pedía 2
dólares por cabeza para ponernos el diminuto sello de salida de Camboya, a lo
que obviamente nos negamos, pues sabíamos con certeza que no debíamos pagar ese
“peaje”, y el muy cabrón nos invitó a cruzar la frontera sin ponernos el
maldito sello, sabiendo que en el lado laosiano no nos iban a conceder el
visado sin el sello de salida camboyano. Lógico. Así pues, volvimos al lado
camboyano, donde, para nuestra sorpresa, el “oficial” había decidido recoger
sus bártulos y abandonar el puesto. Allí, sus secuaces nos dijeron que al menos
íbamos a esperar 1 hora, por sus cojones, a no ser, claro, que pagáramos.
Lo cierto es que el resto de turistas estaban
dispuestos a pagar los 2 dólares de “peaje”, pero gracias a Diana, que les
alentó a no dejarse engañar y no pasar por el aro, montamos nuestra pequeña
rebelión en medio de la nada, entre risas y cagándonos en los ancestros del
“policía” y sus amigos. Pasados unos minutos, el “individuo” en cuestión nos
rebajó su tasa a 1 dólar, a lo que nos volvimos a negar, por supuesto. Entonces
apareció el azafato del autobús, quien estaba cabreado por no haber conseguido
sus dólares extras del día (unos 30-40 dólares aproximadamente) y nos amenazó
con no esperar más y dejarnos en tierra si no pagábamos el “arancel”. Aquí
están todos compinchados, panda de….. Diana y yo seguíamos en nuestras trece.
Ella fotografió la matrícula del autobús por si acaso y les amenazó con llamar
a la policía. Lamentablemente, el resto de guiris fue pasando por caja uno tras
otro obligándonos a nosotros también a pagar el puto dólar que fue directo al
bolsillo del mamón del “policía”.
Una vez en lado laosiano la misma historia,
pero allí ya pagamos directamente el “peaje” sin montar follón y por fin
obtuvimos nuestra puerta de entrada a Laos.
Después de este pequeño episodio, y tras unas
cuantas horas más de carretera, ¡Saa bai dee!, llegamos a Pakse. Mi amigo
Nakamura aprovechó para pedirme mi mail y mi Facebook y después cogimos un tuk-tuk que nos llevara al hotel a por
una merecida ducha.
Ya limpitos y habiendo cambiado nuestros
dólares en un supermercado a las 8 de la noche, ya pudimos comprobar que la
gente de Laos es la más amable que nos habíamos encontrado hasta la fecha y con
mucha diferencia. Bastaron tan solo unos pocos minutos para darnos cuenta de
que Laos es totalmente distinto al resto del sureste asiático, pausado, calmado
y lejos del habitual bullicio, con sus gentes afables y transmitiendo una gran
calma. ¡Una delicia!
El día lo terminamos con una rica cena (y
mucho más barata que en Camboya) y unas fresquísimas Beer Lao con las que
celebramos que nos habíamos ahorrado unos cuantos dólares en la frontera. Hoy nos las habíamos ganado con creces.
A la mañana siguiente, ya en pleno día,
comprobamos que nuestras sensaciones del día anterior no habían sido un
espejismo y que en Laos nos íbamos a sentir como en casa. Se respiraba una
tranquilidad abrumadora. Pakse es una ciudad sin apenas tráfico, lejos del
frenesí automovilístico de los países que habíamos visitado antes y donde se
respira una paz casi absoluta. Dimos un paseo por la ribera del Mekong,
visitando un templo budista donde los monjes ataviados con sus trajes color
naranja te saludan con una gran sonrisa haciéndote sentir bienvenido, y
recorrimos las tranquilas calles de la ciudad mientras dejábamos pasar el
tiempo antes de coger el autobús que nos llevaría hasta la capital, Vientiane.
Ese autobús sí que era realmente un VIP bus.
Las literas eran completamente horizontales y hechas para 2 personas (lo que es
una suerte si viajas en pareja o puede ser horrible si viajas solo), con una manta
precintada en una bolsa de plástico, un snack
de bienvenida, una botella de agua y una toallita para limpiarte. Y también con
baño y aire acondicionado. No dábamos crédito, estábamos flipando con el
autobús. Esa fue la primera vez que dormimos a pierna suelta en un sleeper bus en lo que llevábamos de
viaje, y también sería la última.
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