La esencia de Vietnam

En Vietnam todo es susceptible de ser copiado. En cualquier rincón encuentras una imitación, da igual de qué se trate, ellos ya lo habrán copiado...pero en esta ocasión fueron demasiado lejos.

Bahía de Halong

Vendedora ambulante en medio de la Bahía de Halong.

Angkor Wat

Visitando el edificio principal del recinto de Angkor, al que da nombre. Un edificio majestuoso, bello y lleno de historia.

Annapurna Circuit

Caminando por el Himalaya, rodeando el macizo del Annapurna, encontramos recónditos e increibles paisajes como el valle donde se encuentra el colorido pueblo de Tal.

Himalaya indio

Impresionantes vistas aéreas de los picos nevados de la cordillera del Himalaya en su parte más oriental, al norte de la India, en Ladakh.

Mostrando entradas con la etiqueta Vietnam. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vietnam. Mostrar todas las entradas

5 de noviembre de 2012

En la aldea del Mekong


Ya quedaba poquito que rascar en Vietnam, salvo cruzar la frontera con Camboya en barco a través del río Mekong. Y para deleite de mi buen amigo Ivan, visitando una de sus muy ansiadas aldeas del Mekong.

Abandonamos Ho Chi Minh City en autobús en dirección a Chau Doc, pueblo que sirve de base para cruzar la frontera con Camboya por río. El pueblo no tiene ningún interés, así que poca cosa podemos contar. Después de dar unas cuantas vueltas conseguimos unos billetes de barco-autobús por 10 dólares + los 23 que nos piden por el visado camboyano (los 20 del visado real, 1 para el oficial vietnamita, 1 para el oficial camboyano y 1 de comisión). No hay que pagar más de 20 dólares por el visado. En todas las agencias, hoteles, etc te engañan cuando te dicen que el puesto está muy lejos y hay que ir en moto, ¡MENTIRA! El barco te deja en una plataforma donde está la policía de aduanas. Desde allí hay que ir caminando hasta el puesto fronterizo vietnamita, al que se llega en 10-15 minutos, en donde te ponen el sello de salida (te pedirán 1 dólar de “tasa”, pero si le explicas con calma al oficial que sabes que no debes pagarlo, te sellará el pasaporte sin problemas). Lo mismo pasa en el lado camboyano, pero con calma y paciencia, pagas tus 20 dólares y esperas a que el autobús que habías contratado te lleve hasta el siguiente puesto, en donde te pondrán el sello de entrada a Camboya.

El paseo en barco hasta la frontera con Camboya empezó con una visita a una aldea del Mekong (para intentar vender telas y prendas de ropa) y una piscifactoría flotante, una auténtica turistada que venía incluida en el precio y que te tenías que tragar sí o sí. Tonterías a parte, el viaje en barca por el Mekong fue espectacular y una manera original de cruzar la frontera. Nos hizo un tiempo fantástico y pudimos disfrutar de un paisaje que hasta la fecha no conocíamos, pues jamás había visto un río de semejante calibre.

Una vez cruzada la frontera, nos quedaban 2-3 horas de viaje en una furgoneta hasta la Phnom Penh, la capital de Camboya. Tuvimos la suerte de compartir el viaje con 2 tipos ingleses que habían estado anteriormente en Laos y que parecían muy buena gente, lástima que hablaban terriblemente rápido y no les entendíamos casi nada, acabamos con la cabeza como un bombo del esfuerzo. También tuvimos la “grandísima suerte” de coincidir con un niñato de papá rumano que tenía más tics que Quim Monzó, para el que cada momento de su vida era “amazing” y que hablaba como si le estuvieran metiendo un palo en el culo cada vez que abría la boca. ¡Qué tío más pesado! Lo mejor fue cuando nos preguntó con su estúpida sonrisa sardónica si en España trabajábamos algo o nos pasábamos el día echando la siesta. El inglés simpático se quedó flipando con el niñato de las narices, pero imaginaros nuestra cara. ¿Acaso sabía tremendo payaso la idea que se tiene en nuestro país de los rumanos? Aunque las ganas me corroían, mantuvimos la compostura, fuimos elegantes y no le dijimos nada, no había que ponerse a su altura. Eso sí, después de eso pasamos de su cara y esperamos a llegar a Phnom Penh. Afortunadamente no tardamos mucho.

La furgoneta nos dejó a tomar por culo, y al bajar de ella el resto de guiris huyó en desbandada a negociar el precio del tuk-tuk en grupos de 4 y dejándonos en la estacada a merced de los conductores, aunque nos defendimos bien y conseguimos un buen precio, rebajando los 15 dólares iniciales a tan solo 3. Nuevamente entrábamos en otro país en donde te va la vida en el regateo. ¡Así es Asia!

4 de noviembre de 2012

Ho Chi Minh City


Después de nuestro encuentro con la fauna salvaje vietnamita nos dirigimos hacia el centro económico y comercial del país, la antigua Saigón, que hoy lleva el nombre del tío Ho Chi. Allí pasaríamos el Día Nacional de Vietnam (2 de Septiembre), día que conmemora la proclamación de independencia del país promulgada por su amada líder Ho Chi Minh.

Nos habían alertado de lo caótico de esta ciudad, del agobiante tráfico de sus calles, del cual nos dijeron que era muchísimo más sofocante que el de Hanoi, pero nuestra impresión (quizás porque íbamos sobre aviso) no fue esa ni mucho menos. Es cierto que Saigón es caótica, tiene muchísimo tráfico, etc, pero muy similar a Hanoi desde mi punto de vista, sin grandes diferencias. Pekín nos pareció muchísimo más agobiante, con una manera de conducir realmente agresiva y sin ningún lugar a dudas mucho más irrespirable (especialmente para un asmático) que Saigón con diferencia. Lo que sí es bastante más cara que el resto del país, y también se nota la diferencia.

Gracias a unos chicos irlandeses conseguimos una habitación por 4 dólares persona en una “pensión” con una chica muy graciosa que solo sabía decir “my friend is coming” y “no problem” y en la que a la mínima se iba la luz, pero era lo más económico del lugar y con una relación calidad-precio razonable. Vimos cuchitriles más caros que eran absolutamente inhabitables, dignos de la conocida película de zombies del señor Balagueró que debería ocupar los estantes de películas de serie Z de los videoclubs, o simplemente desaparecer.

Lo mejor de nuestra estancia en esta ciudad, y quizá lo único que merece la pena, fue la visita al Museo de la Guerra, que aunque ofrece una visión muy partidista (lógico en un país comunista) de los acontecimientos, pone sobre la mesa detalles, información y documentos gráficos del conflicto que no llegan a nuestro sesgado mundo occidental. La entrada cuesta 20000 dong (0,8 euros) y es válida para todo el día (el museo cierra a mediodía y vuelve a abrir a las 4 de la tarde si no recuerdo mal). Merece mucho la pena realizar la visita con calma. El edificio consta de 3 plantas y la visita se empieza en el tercer piso, en donde se ordenan cronológicamente los episodios del conflicto y aprendes que la guerra estalló por las  diferencias entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, entrando en escena primero los franceses al ver peligrar su colonia, y más tarde los americanos, que como siempre, se metieron donde nadie les llama.

El otro punto estrella del museo se encuentra en el segundo piso, en donde se muestra una colección de fotografías (algunas impactantes) de las atrocidades que cometieron los americanos en la guerra de Vietnam y los efectos que produjeron los agentes químicos sobre la población civil. Es sobre todo llamativo el llamado Orange agent, considerado el arma biológica más nociva jamás creada. Aquí podremos ver fotografías de sobras conocidas por nosotros, como la llamada La niña del napalm, entre otras. El punto flaco de esta exposición, como es evidente, es la ausencia de imágenes que muestren las atrocidades que cometía el Viet Cong, pero como un país comunista va a reconocer y divulgar las barbaridades que cometieron. A pesar de ello, la visita al museo consideramos que es imprescindible si decides pasar por Saigón.

La otra parte positiva de Saigón es que nos reencontramos con Rubén, Sabina y Laura antes de que volvieran a España y que Sabina me quitó a jeringazos un tapón de cera que me había estado dando el coñazo durante una semana. Imaginadme intentando entender a la gente con mi supernivel de inglés y sordo como una tapia. Como Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí.

3 de noviembre de 2012

La cebra


¿Creéis que en Vietnam existen cebras? No ¿verdad? Pues estáis equivocados. En Da Lat, en medio de las montañas, puedes ver cebras. Increible.

Después de incontables horas de viaje en autobús, en el que afortunadamente pudimos dormir, nos plantamos en Da Lat después de cambiar de autobús en Nha Trang, en donde tan solo estuvimos 1 hora de paso, de lo que nos alegramos muchísimo, pues es como Lloret de Mar, Salou o Benidorm, por lo que sobran comentarios. En Vietnam pasa una cosa bien curiosa con los transportes, y es que los autobuses no siempre paran en la estación de autobuses del pueblo o ciudad, sino que en la mayoría de ocasiones paran enfrente de un hotel con el que tienen algún tipo de acuerdo, para intentar que los turistas piquemos, nos quedemos en dichos hoteles y recibir a cambio su comisión, práctica que resulta bastante molesta para el mochilero, que tiene que cargar con su equipaje durante sabe cuanto tiempo en busca del centro de la ciudad, el hotel reservado, etc.

Engaños y timos aparte, el viaje por el interior de Vietnam bien merece la pena, pues el paisaje cambia radicalmente, dando paso a paisajes realmente rurales, en donde las poblaciones dejan de tener construcciones de estilo francés o colonial para dar paso a sencillas y bonitas casas o chabolas de madera que confieren un aire más auténtico al entorno.

Los motivos que nos llevaron Da Lat fueron huir de las hordas de turistas que siguen las guías de viaje más famosas y hacer algo de ejercicio, con el objetivo del monte Lang Biang en la cabeza, un antiguo volcán que alcanza una altura de 2167m. Da Lat es una ciudad cara en comparación con el norte de Vietnam, pero buscando un poquito buscas cantidad de puestos de fideos baratos, restaurantes repletos de lugareños en las inmediaciones del mercado central y numerosos puestos de comida rápida en el mercado nocturno, además de algún restaurante que ofrece platos de arroz, noodles y rollitos de primavera por un módico precio. La dieta estándar que un mochilero en Vietnam.

Para ir al monte Lang Biang, hay que coger un autobús en la calle Panh Ding Phung que cuesta 12000 dong/trayecto (0,5 euros) hasta la última parada, en la entrada del parque nacional. Una vez allí pagas la entrada al parque (10000 dong = 0,4 euros) y en unas 2 horas de camino llegas hasta la cima. Existen 2 caminos desde el panel informativo de la entrada del parque. El más recomendable es el de la izquierda, que sube siguiendo la carretera hasta un segundo panel informativo que indica el camino a seguir ya por el interior del bosque. Y un camino que sale a la derecha de la carretera y que va a dar a la misma justo antes del segundo panel informativo. Este segundo camino es mucho más empinado, y no es recomendable porque está muy mal señalizado y es muy fácil perderse en el bosque. Nosotros coincidimos con 2 chicos alemanes que pudieron evitar la carretera gracias a que llevaban grabado el track en su GPS.

La caminata fue muy gratificante, aunque en su parte final la pendiente es muy pronunciada y se salva subiendo unos interminables escalones llenos de barro y muy, muy resbaladizos, pero las vistas desde la cima bien merecen la pena el esfuerzo.


De todas maneras, lo más impactante del día no fue ni llegar a la cima, ni contemplar las vistas, sino poder contemplar la verdadera esencia de lo que significa Vietnam hoy en día. Y es que al entrar en el recinto del parque natural pudimos observar una escena totalmente increíble, que no nos podíamos creer ni aún después de frotarnos los ojos varias veces. ¡En el parque había cebras! Yo creía que solamente podías verlas en África, pero no, tanto documental de la 2 no había servido para nada, nos acababan de desmontar nuestra imagen de la sabana africana ¿y si todos esos documentales del Serengeti se habían rodado allí, en Da Lat, en el puto centro de Vietnam? ¿Y dónde estaban los leones, y las hienas? Desgraciadamente, solamente había que prestar un poquito de atención y limpiar bien las gafas. Bien es sabido que Vietnam es el paraíso de las falsificaciones, aquí lo copian todo y todo parece original y de primerísima calidad. ¡Todo menos las cebras! ¿Pero a quién se le ocurre pintarle rayas negras a un pobre caballo blanco? Si el malogrado amigo Félix levantara la cabeza no se creería semejante esperpento. ¡Hay que ser cutre para hacerle eso a unos pobres caballos! No tiene nombre.

Como decía, esto refleja perfectamente lo que es este país hoy día, el paraíso de la falsificación,  pero eso no es culpa de ellos, y cuando caminas por las calles vietnamitas y miras atentamente a cualquier persona de más de 40 años piensas, ¡coño! este/a tío/a ha vivido la guerra en sus carnes. Entonces reflexionas y ya no te parece tan agobiante ni tan terrible que te estén intentando sacar un dólar cada vez que pueden.

2 de noviembre de 2012

Trajes, turistas y luces de colores


Después de una sensación de resaca que ya parecía olvidada y de continuar disfrutando de una piscina increíble a pie de playa, y después de una salvadora llamada de la chica del hotel, cogimos un sleeper bus en medio de la carretera, casi a la carrera y una vez más bajo la lluvia, de una compañía “nisu” totalmente distinta de la que habíamos contratado, para dirigirnos hacia Hoy An, el destino ideal para quienes buscan “shopping tourism” y hacerse un traje a medida. El autobús era muy gracioso, pues estaba completamente destartalado, algunos asientos no se podían poner en posición vertical y viceversa, y los viajeros daban unos botes tremendos a cada bache que cogía el autobús. Pero llegamos a destino en poco tiempo, y afortunadamente nos dejaron a 15 minutos caminando de nuestro hotel. Dejamos las cosas y nos fuimos a dar un paseo por la ciudad para ver el atardecer a la vera del río, desde un curioso puente adornado con faroles de colores que hicieron que la puesta de sol fuera un auténtico espectáculo, continuado con el festival de colores de los mercados nocturnos y calles de la ciudad. Una cena en medio de alguna cucaracha desperdigada y unas bia hoi a 4000 dong (20 céntimos de euro), a nuestro juicio lo que más merece la pena de la ciudad.

Aquí recuperamos el 40% del dinero que habíamos pagado por el crucero en Halong Bay, lo que nos llevó tan solo unos minutos, pues el dueño de la compañía realmente cumplió su palabra con diligencia, y más felices que unas pascuas nos fuimos a entremezclarnos con el gentío en los mercados diurnos situados a la ribera del río, a refrescarnos con alguna bia hoi antes de subir al autobús que nos llevaría, previo trasbordo, hasta Da Lat.

A nuestro modo de ver Hoi An es una ciudad extremadamente turística donde no hay mucho que hacer salvo que tu objetivo sea ir de compras (evidentemente de artículos de imitación y dudosa calidad), hacerte un traje a medida (con una oferta escandalosa) y gozar de una variada oferta culinaria siempre que tu presupuesto te lo permita, pero en la que no merece la pena pasar más de una noche. Ésto, como siempre, es una opinión personal.

1 de octubre de 2012

Encuentros con el Rotary Club

Hoy hemos llegado  a Lang Co, un pueblo muy pequeño situado en la costa central de Vietnam, entre Hue y Danang, en sleeper  bus desde Ninh Binh, vía Hue. Es uno de esos sitios fuera del alcance de la Lonely planet, donde no hay hordas de turistas, lo cual se nota y bastante, pues no hay nada que hacer más que disfrutar de una playa paradisíaca para ti solito, o sea, una auténtica pasada. Lo único malo es que llegar puede resultar complicado. Desde Ninh Binh hemos utilizado nuestro open bus ticket, un billete de autobús que incluye las ciudades más importantes desde Hanoi a Ho Chi Minh City (antigua Saigón) o viceversa, y hemos cambiado de autobús en Hue para llegar hasta Lang Co. El problema es que el autobús nos ha dejado a varios kilómetros de distancia del pueblo, por lo que hemos tenido que cargar con las mochilas y patear más de una hora hasta llegar al pueblo, con el calor abrasador que hacía, hasta encontrar hotel, aunque la jugada nos ha salido bastante bien, habitación triple en un resort de “lujo” por 25 dólares para 3 personas con desayuno incluido (no llega a 8 euros por cabeza). ¡Y con toda una playa para nosotros solos! Después de 2 horas bajo un calor sofocante y un baño reparador, mientras comíamos, en el mismo hotel nos han invitado a una fiesta que se celebraba esa misma noche, ¡qué suerte! Íbamos a asistir a una auténtica fiesta de teenagers vietnamitas. Después de comer, siesta en la playa, bañito en el mar, bañito en la piscina del hotel frente al mar y a disfrutar de la preciosa puesta de sol.
Una vuelta en busca del epicentro del pueblo y un lugar donde cenar, y mira tú por donde acabamos en un restaurante de lugareños donde el simpático dueño, sin saber una palabra de inglés (solo la escueta carta de su local escrita en el idioma de Shakespeare), nos ha deleitado con un arroz y unos noodles exquisitos y cinco cervezas, la cena más barata y más agradable desde que estamos en Vietnam, todo un descubrimiento. Después de tan suculento menú, de vuelta al hotel a ver que nos ofrecía la fiesta a la que nos habían invitado. Nada más llegar, nuestro anfitrión, del que no recuerdo el nombre, nos coloca en una mesa en frente del escenario, nos saca un montón de latas de cerveza y nos trae unos platos de comida. El espectáculo es de lo más folklórico. Un montón de vietnamese teenagers con las hormonas en plena efervescencia, con los que compartimos escenario marcándonos unos dancings recordando tiempos pasados (y no tan pasados) y haciéndonos fotos con los lugareños tras peticiones que podrían parecer de matrimonio, todo ello regado con abundante cerveza, en lo que hasta ahora ha sido nuestra primera borrachera gratuita desde que empezamos el viaje. Realmente lo hemos pasado genial, ha sido un espectáculo increíble, solamente ha faltado el típico karaoke vietnamita, aunque nosotros hemos agradecido que no lo hicieran. Buenas noches, hoy estamos algo “contentos”...jejeje

30 de septiembre de 2012

La belleza de la Tam Coc

Después de abandonar Cat Ba, nos dirigimos hacia Ninh Binh, una pequeña ciudad al sur de Hanoi y un lugar donde disfrutar de unos increíbles paisajes kársticos (que son la tónica en toda la península de Indochina) muy similares a los de la bahía de Halong, pero esta vez en lugar de estar rodeados de agua, lo están de arrozales.

 
La ciudad en sí no tiene mucho que ofrecer y no tiene ningún encanto, pero es una buena base de operaciones para alquilar una bicicleta o una moto y visitar los alrededores. Eso hicimos. Alquilar unas bicicletas vietnamitas, con cesta delantera incluida, en plan Verano Azul, e ir hasta la Tam Coc, un canal de agua artificial rodeado de espectaculares paisajes kársticos donde subirse a una pequeña barquita manejada por lugareños que utilizan los pies para remar, atravesando pequeñas grutas y disfrutando de la tranquilidad del lugar durante un par de horas.
Tras el viaje en barca, se puede continuar pedaleando por los alrededores y visitar diferentes cuevas y santuarios. Nosotros, en lugar de eso, nos perdimos con nuestras bicicletas por entre medio de los arrozales para alejarnos de la carretera principal y descubrir pequeños pueblos y asentamientos en donde poder aprender algo del día a día de los vietnamitas.
Quizá Ninh Binh no sea un lugar al que dedicarle más que un par de días a lo sumo, aun así, a nosotros nos sorprendió gratamente, superando con creces las expectativas, y al menos en nuestro caso, lejos de la marabunta de turistas (principalmente chinos) de otras zonas de Vietnam. Un lugar precioso.

29 de septiembre de 2012

Bahía de Halong, haciendo amigos

Una vez pasado el tifón y vueltas las aguas a la calma, nos quedaban unos días de relax hasta que nuestros amigos Laura, Sabina y Rubén llegaran a la isla de Cat Ba para zarpar al mar en un crucero de 3 días y 2 noches por la bahía de Halong. Durante ese par de días nos dedicamos a ir a la playa y a explorar la isla. El vehículo escogido fue una moto (scooter), nuestra para todo el día por 5 dólares. La primera vez que cogía una moto en mi vida – menos mal que no se nos ocurrió alquilarla en Hanoi…Y la experiencia fue increíble. Una isla entera para nosotros solitos y un día soleado para descubrirla. Arrozales, paisajes kársticos y una carretera sin apenas circulación nos hacía pensar que estábamos solos en el mundo, ¡qué gozada! Finalizado con un buen chapuzón antes de ir a comer y esperar la llegada de nuestros amigos, a los que nada más llegar les entregamos nuestra moto para que consumieran toda la gasolina, sin dejar una sola gota.





Al día siguiente empezaba nuestro particular periplo por Halong Bay. Antes de embarcar fuimos a aprovisionarnos bien, 5 garrafas de 5 litros y una caja de 24 latas de cerveza, pues los tours por la bahía nunca incluyen las bebidas. Imaginaros la cara que se le quedó a la tripulación del barco cuando nos vio aparecer con el cargamento, pero la pela es la pela. Y con nuestras sonrisas de oreja a oreja subimos al barquito con toda la ilusión del mundo.









Poco duró nuestra emoción. Justo lo que tardamos en entrar a nuestro camarote. Inmediatamente la sonrisa se borró de nuestras caras y dio paso a una mueca de horror y frustración al ver a una de nuestras adorables amiguitas de 6 patas. Allí estaba, tras la puerta, panza arriba, disfrutando de la morada invadida, y pidiendo a gritos ser pisoteada ¡Zas! Adiós adorable amiguita. A pesar de blindar la habitación intentando tapar todos los agujeros existentes a nuestro alcance, la plaga de pequeñas amiguitas era inevitable y poco podíamos hacer que intentar olvidar el asunto y disfrutar del viaje, y así hicimos, aunque con esfuerzo. Ya no fuimos capaces de dormir en el camarote ninguna de las 2 noches. La primera en cubierta, aunque sin cucarachas también la hubiéramos pasado arriba, ¡qué calor hacía en el barco! La segunda, hacinados en 2 “sofás”, pues hubo tormenta y no pudimos utilizar la cubierta. Al día siguiente no éramos capaces de poner la espalda recta.
A pesar de este contratiempo, el viaje por la bahía de Halong fue espectacular. El paraje es sensacional, indescriptible. Por todas partes sobresalen peñones kársticos coronados por pequeños y espesos bosques que sin querer te trasladan a un pequeño mundo perdido en donde en cualquier momento pueden aparecer seres extraños y en donde la sensación de soledad, tranquilidad y sosiego es absoluta, en definitiva, un lugar donde el tiempo se para. Por suerte, esta sensación se vio facilitada porque nuestro barquito navegó por zonas muy poco frecuentadas por las hordas de cruceros que invaden otras zonas de la bahía. Otros amigos que encontramos por el camino no tuvieron la misma suerte y zarparon desde la ciudad de Halong, siguiendo el mismo recorrido que otros centenares de barcos y perdiendo la esencia del viaje. Por fortuna, nosotros pudimos disfrutar la bahía con muy poca compañía, pudiendo disfrutar de un chapuzón en un mar solitario y sintiendo que ese pedacito de mundo solamente nos pertenecía a nosotros.
Y una vez acabado el crucero, tocaba poner tierra de por medio para intentar reclamar una compensación por las malas condiciones de mantenimiento que presentaba nuestro barco. Después de diversos correos electrónicos mostrando clara y fervientemente nuestro descontento, el dueño de la empresa (Ecofriendly tours) accedió a devolvernos el 40% del importe total a modo de compensación. Ciertamente, cuando le escribí el primer correo, no esperaba obtener ninguna respuesta positiva, sino tan solo usar mi derecho a la pataleta, pues bien es sabido que una vez has pagado, poco tienes que ganar cuando haces una reclamación. Pero en esta ocasión tuvimos mucha suerte, y que nos devolviera casi la mitad nos sorprendió mucho, mucho y mucho, pero nos vino de perlas para arreglar un poco el presupuesto del mes. Ya os imagináis como lo celebramos ¿eh?

28 de septiembre de 2012

Under the typhoon

Después de cambiarnos a un hotel más barato, buscar un supermercado (cosa que escasea en este país), aprovisionarnos de agua y haber desayunado, lo poco que podíamos hacer en esta isla, y lo que más nos apetecía ese día, era ir a disfrutar de las playas de Cat Ba. Cerca del mismo pueblo existen 3 playas, llamadas Cat Co 1, 2 y 3 (no se esmeraron mucho buscando nombres). La número 1 está en frente de un macrohotel y llena de turistas chinos, lo que invitaba a no acercarse por allí. La número 2 era un remanso de paz y lugar de baño de los turistas occidentales que estábamos en la isla, que ese día no llegábamos a 10, totalmente increíble, pues la playa, a pesar de que el agua no está en las mejores condiciones, es fantástica, y en un entorno fenomenal al lado de la Bahía de Halong. ¡Qué más podíamos pedir!

Por desgracia, ese día pacífico se vio truncado de repente por la lluvia. Al principio no pensamos que cuatro gotas fueran suficientes para privarnos de nuestro baño, así que seguimos disfrutando de la solitaria playa, pero como la cosa en lugar de apaciguarse parecía ir a más decidimos ir en busca de refugio y alimento, y acertamos de pleno. Ajenos a las previsiones meteorológicas, en el hotel nos informaron que durante la tarde iba a llegar la cola del tifón que estaba asolando Filipinas en su camino hacia China, y que tendríamos una tarde-noche de intensa tormenta. No se equivocaron. A media tarde, mientras nosotros interneteabamos e intentábamos comunicarnos con nuestras familias, la isla se sumió en la oscuridad y la tormenta empezó a aumentar de intensidad rápidamente truncando nuestras intenciones de pasear antes de cenar, por lo que decidimos no movernos del hotel y quedarnos a resguardo, no fuera que el tifón nos pasara una mala jugada. Así pues, cenamos en nuestro hotel. Por si acaso no sobrevivíamos al tifón, hicimos un paréntesis en nuestra dieta de arroz y noodles y pedimos, además de arroz, un poco de pollo, que aunque era caro, no nos íbamos a arruinar por un día y había que aportar proteínas de vez en cuando (¡qué cara es la carne en Asia!). Lo peor llegó cuando nos trajeron el pollo. ¡Solo 1 puto y minúsculo muslo de pollo! Y nos lo trajeron en el plato más grande que tenían. Se me quedó una cara…¡no me lo podía creer! El puto muslo era carísimo y solo era hueso, ¡ni repelándolo sacabas algo de carne! Y el tifón apretando…¿y si no podíamos volver a comer en días? Al menos si íbamos a salir volando, qué menos que con el estómago lleno. ¡Qué desilusión me llevé con el maldito "muslo" de pollo! Con el hambre que teníamos...
Como no podía ser de otra manera, ahogamos las penas con una Tiger a la luz de las velas y con la orquesta del vendaval de fondo. El resto de la noche la pasamos colocando toallas en las rendijas de las puertas para que no se inundara la habitación y cruzando los dedos para que la tormenta no resquebrajara los cristales de la misma con cada nuevo envite. Finalmente, la cosa se apaciguó y pudimos respirar tranquilos. ¡Habíamos sobrevivido a nuestro primer tifón!


10 de septiembre de 2012

El timo del taxímetro





Hoy abandonamos el frenesí automovilístico de Hanoi para buscar un remanso de paz en la isla de Cat Ba (con permiso de los tifones). Dejamos nuestro hotel después de un copioso desayuno y cogimos un taxi que nos dejaría en la estación de autobuses de Luong Yen. Para intentar dejarnos con mal sabor de boca, el maldito taxista lo primero que hace es ir en dirección contraria. La estación de autobuses se encuentra al suereste de nuestra posición, además, ayer habíamos ido hasta allí caminando y sabíamos qué dirección debía seguir el taxi. Pues bien, la primera dirección que toma el taxista es hacia el oeste (y mucha pinta de cowboy no tenía el condenado). Le decimos que hay que ir en sentido contrario, a lo que gira en la siguiente calle, ¡pero en dirección norte! Y el muy c…….. se va hasta el mercado de Dong Xuan, ¡no había en la ciudad otro lugar con más tráfico? Y claro, le volvemos a decir que vaya de una vez en la dirección correcta, a lo que esta vez, después de haber inflado el taxímetro, nos lleva por fin rumbo a la estación de autobús. Una vez allí le decimos que pare a la entrada, pero el muy c….. nos dice que tiene que entrar en la zona de aparcamiento de los autobuses, y es que (nosotros ya íbamos prevenidos) si pasa la barrera del parking lot aprovecha para cobrarnos 10000 dong más. Diana se baja del coche y el muy listo no abre el maletero (en Asia los taxistas cierran el maletero en cuanto suben al coche y lo abren ellos cuando se les antoja, así que toca espabilarse) y cruza la barrera. Entonces, no sé cómo, consigo que el tipo se baje del coche conmigo, abra el maletero, y cuando ya tenemos las mochilas en nuestro poder, le pago la inflada tarifa, pero sin los 10000 dong extras que se quería cobrar, y sin mirar atrás seguimos nuestro camino hasta la sala de espera de la estación.
Realmente la carrera no nos salió muy cara si piensas en euros, pero sí para lo que es Hanoi, pero al final cansa estar regateando minuto a minuto para que no nos timen, se hacen muy pesados. A pesar de eso, los vietnamitas son, de lejos, mucho más amables que los chinos, y nosotros vamos aprendiendo el arte del regateo a marchas forzadas con bastante buen resultado, por lo que vamos comparando con otros turistas, así que estamos en el buen camino.
Dejado atrás este pequeño incidente, solo quedaba subir al autobús que nos llevaría hasta Cat Ba. Para ello compramos un billete integrado con la compañía Hoàng Long, que primero te lleva en autobús hasta Haiphong, a unas 2 horas de Hanoi. Una vez allí, y después de casi dejar en tierra a un chico que había decidido ir al servicio cuando no tocaba, efectúa una parada en una oficina de la compañía, y al cabo de unos minutos te lleva hasta el embarcadero en donde coges un speed boat que te lleva hasta un punto determinado de la isla de Cat Ba. Una vez bajas, coges otro autobús, que después de 30 minutos te deja en el mismo pueblo de Cat Ba. Menos mal que compramos este billete integrado, porque ir por tu cuenta a Cat Ba, a parte de más caro, puede ser toda una odisea si no lo haces con esta compañía.

Afortunadamente, el autobús nos había dejado en la misma puerta del hotel que habíamos reservado la noche anterior (no solemos hacer reservas previas desde que estamos en Vietnam, pero es que la diferencia de precio lo valía) y disfrutar del calor infernal que hace en esta isla. No paramos de sudar ni un segundo, a este ritmo me voy a quedar en los huesos…
 
Una vez aposentados, fuimos a negociar un tour privado en barco por la bahía de Halong para dentro de unos días, cuando vengan a visitarnos nuestros amigos alicantinos, y además conseguimos una habitación para los días siguientes aún a mejor precio. Así que habíamos triunfado, porque preguntando por varios hoteles de la zona, ninguno no había ofrecido un precio tan bajo, y la habitación estaba bastante bien, con su baño privado, aire acondicionado y wifi. Perfecto.
 
Después de haber concluido con nuestras tareas, había que ir a disfrutar de una buena cena y unas Tiger bien fresquitas, ¡qué ricasssss!


5 de septiembre de 2012

El billete defectuoso

Hoy ha sido un día extraño, tenso. Hemos pasado la mañana de agencia en agencia intentando conseguir un precio razonable para un tour en barco por la Bahía de Halong por zonas alejadas de la masificación turística a la que se ve sujeta este paraje natural, y más en temporada alta. El resultado ha sido abrumador. Solamente hemos encontrado 2 compañías que ofrezcan algo diferente a todas las demás, y algo consistente, con sus propios barcos, y las 2 muy interesantes. El precio no es muy apto para gente como nosotros que viaja en plan mochilero y con casi un año de viaje por delante, pero creemos que el lugar bien merece la pena, por lo que hemos decidido contratar un tour privado junto con unos amigos que nos vienen a visitar este fin de semana, en un barquito para nosotros cinco solitos, gracias a las recomendaciones de Carmen, una amiga residente en Hanoi con la que tuvimos oportunidad de compartir un rato muy agradable y a la que estamos enormemente agradecidos por su compañía y sus consejos. Y de camino a la estación de autobuses de Luong Yen hemos aprovechado para visitar la Catedral de San José, lo que nos ha servido para escondernos un rato del sol ¡qué calor!

Después de conseguir 2 billetes de autobús-barco-autobús desde Hanoi a la isla de Cat Ba, caminando desde el casco antiguo soportando un calor extenuante, paramos un ratito a tomarnos unas merecidas Bia Hoi (cervezas de barril al módico precio de 5000 dong = 0,2 euros) antes de proseguir con nuestro paseo por la capital vietnamita. Aquí llegó el primer desencuentro del día, pues en lugar de cobrarnos 5000 dong, como a todo hijo de vecino (vietnamita), nos aplicaron la “tasa turística” de 2000 dong + tapa de cacahuetes que no habíamos pedido (afortunadamente, el total no llegaba a 1 euro).




Para resarcirnos, compramos unas latas de atún, unos tomates y una botellita de aceite de oliva (no pudimos resistirnos a la tentación, cara, pero asumible) y ¡qué rica ensalada que nos hemos comido! Después a internetear un rato para atar el tema del crucero por Halong Bay y algún que otro asuntillo, y a callejear en busca de unas Bia Hoi bien fresquitas.

Tras volver al calor de las calles de Hanoi, nos hemos dirigido al cruce entre P Ta Hien P Luong Ngoc Quyen para disfrutar de nuestras Bia Hoi y una cena en plena calle rodeados de lugareños, con el habitual movimiento frenético de motos por las calles y con una rápida distribución de mesas del “local” previa al paso de un camión de la policía, que amenizó nuestra cena. Acto seguido, nos zampamos un buen plato de arroz y unos spring roll que estaban cojonudos. Después de pagar vino el segundo desencuentro del día, cuando la “regente” del restaurante nos persiguió para decirnos que le habíamos pagado con un billete deteriorado y no nos podíamos marchar sin cambiarle dicho billete. La cosa se puso bastante tensa hasta el punto que la susodicha nos amenazó y agarró del brazo a Diana sin dejarnos marchar, hasta que, manteniendo la calma, le dijimos que si tenía algún problema no teníamos ningún inconveniente en que llamara a la policía (después del baile de mesas que habíamos presenciado cuando pasó la "pasma", sabíamos que no llamaría, claro). La tiparraca intentó intimidarnos formando un corro de lugareños a nuestro alrededor, pero lejos de amedrentarnos, seguimos en nuestras trece e hicimos ademán de llamar a la policía, sin perder la calma, ante lo que nos dejó proseguir tranquilamente nuestro camino después de soltarnos unos cuantos improperios...¡vaya tela! Todo porque no le gustaba un billete…en fin, ¡que le den! Para quitarnos el mal sabor de boca, fuimos a tomarnos unas Tiger beer de medio litro por 0,40 € que nos sentaron de vicio, antes de volver al hotel, donde tuvimos el tercer desencuentro del día. Y es que al llegar tuvimos una cruenta pelea a vida o muerte con un inquilino que la pobre Diana se encontró en la cortina del baño, y que respondía al nombre de cucaracha, y que tras una mirada de varios segundos, varias sacudidas a la cortina del baño, 3 pisotones fallidos, un corrimiento de muebles y un último pisotón mortal, terminó con la vida de nuestro temible enemigo y consiguió que pudiéramos tener un sueño reparador con nuestra mente puesta en Cat Ba y la Bahía de Halong.

4 de septiembre de 2012

Hanoi

Tras varios días de calma en Sapa, y disfrutando aún de haber coronado la cima del Fansipan (y padeciendo también las agujetas correspondientes), nos plantamos en Hanoi después de un largo viaje en sleeper bus, nuestro primer autobús nocturno en Vietnam y muchísimo más cómodo que los que tuvimos que utilizar en China. En éstos podíamos regular la inclinación del asiento, estirarnos completamente sin necesidad de dormir en posición fetal, olía bastante mejor y, sobre todo, no había ningún chino escupiendo cada dos por tres. Además, conocimos unos chicos españoles muy majetes que habían estado en Camboya y nos dieron algunos consejillos de cara a nuestro futuro paso por el reino Jemer. Así pues, tras 10 horitas de nada, por fin nos plantamos en la capital de Vietnam.
Hanoi, ciudad de casi 4 millones de habitantes, también llamada en su momento Thanh Long (Ciudad del dragón volador), es una ciudad que nos había despertado cierto temor, pues algunos viajeros que encontramos por el camino nos habían advertido que era una ciudad terriblemente caótica, ruidosa, sofocante y agobiante, por lo que en un primer momento pensamos en escapar cuanto antes del bullicio de la metrópolis e ir a buscar un remanso de paz en medio de la naturaleza. Por fortuna, no lo hicimos y pasamos 2 noches en la ciudad. Nada más llegar, a regatear, esta vez con un taxista. El tiro nos salió un poco por la culata, pero no tuvimos que pedir un rescate a la Merckel, así que puestos sobre aviso, fuimos a negociar hoteles cerca de la zona mochilera hasta que conseguimos uno económico y con desayuno buffet incluido (que ha sido de los mejores desayunos de los que disfrutaríamos en nuestro paso por este país con forma de dragón). Y después, a callejear.
Nuestra primera impresión de la capital fue muy buena, pues después de la mala imagen que teníamos de ella en base a los comentarios recibidos, y comparándola con la capital china (que a nosotros nos pareció horrible), Hanoi nos ofreció una cara más amable. Primero porque resultó ser una ciudad fácil para caminar, sin distancias exageradas, y el famoso bullicio y colapso de sus calles, con miles de motos circulando, aunque despierta la atención de un occidental, no puede compararse ni por asomo al agresivo desorden de Beijing, por lo que nos sentimos bastante cómodos, y encima tienen bia hoi, cerveza a 20 céntimos, ¡qué más se puede pedir!
Como habíamos quedado con la hermana de un amigo para comer, la cual vive en Hanoi, dedicamos la mañana a visitar el Templo de la literatura, sede de la primera universidad nacional, vestigio de la arquitectura tradicional vietnamita, de clara influencia china, que consta de cinco patios decorados con sencillos jardines, un estanque, y donde Confucio parece ser adoctrinaba a sus alumnos. Una visita relajante para alejarse del bullicio de las calles de la ciudad. Tras esta corta visita, decidimos poner rumbo a la plaza de Ba Dinh, epicentro del legado comunista en Vietnam y lugar donde se encuentra el Mausoleo de Ho Chi Minh, un edificio cuadrado al más puro estilo soviético, en donde reside el cuerpo embalsamado de Ho Chi Minh, el “amado líder” comunista de los vietnamitas, fundador de la Liga Juvenil Revolucionaria de Vietnam (o Viet Minh) en 1925 y declaró la independencia del país el 2 de septiembre de 1945. Una vez terminada la guerra de Indochina, el Viet Minh fue disuelto, aunque sus miembros fundarían en 1960 el Frente Nacional de Liberación, también conocido como Viet Cong.





Dicho templo es visita obligada para los vietnamitas, que forman largas colas en torno al mausoleo para visitar a su difunto líder. Transitar por la plaza es misión imposible, pues unos “simpáticos” policías militares te lo prohíben amablemente. Al no poder acercarnos a contemplar los aledaños del mausoleo, seguimos caminando para contemplar el esplendor del máximo exponente de la arquitectura comunista en Vietnam antes de ir a probar unos suculentos platos típicos del país, como el Bun cha, el Bun bo nam bo o los rollitos de primavera, mmmmmm, mientras compartíamos la comida con nuestra amiga Carmen y escuchábamos atentos sus consejos e historia sobre la vida en Hanoi. El resto del día transcurrió descansando y pateando la ciudad en busca de fresquitas bia hoy y puestos en la calle donde poder acallar a nuestros estómagos, toda una experiencia.

31 de agosto de 2012

A la conquista del Fansipan

Sapa es una pequeña ciudad de aproximadamente 35000 habitantes, situada en el extremo noroeste del país y a unos 1500 metros de altitud, Sapa es un maravilloso enclave rodeado de imponentes montañas y espléndidos paisajes conformados por bancales de arroz y bosques pseudotropicales que pintan toda la zona de un verde increíble. A pesar de ser una ciudad muy turística, en donde por primera vez desde que empezamos nuestro viaje podemos ver casi el mismo número de extranjeros que de autóctonos, no hay más que caminar unos 10 minutos para poder salir del bullicio de la plaza central y los mercados colindantes para poder disfrutar de los increíbles parajes naturales que la rodean y escabullirse entre el silencio de sus arrozales, y si el tiempo acompaña, disfrutar de una espectacular puesta de sol.

En sus alrededores habitan algunas etnias minoritarias, de entre las que la más numerosa es la etnia Hmong (o también llamada Miao), con más de un millón de personas en todo Vietnam, provenientes del sur de China, y que también podemos encontrar en Laos, Camboya y Tailandia. Se caracterizan por sus vestimentas en color negro y con decoración en las mangas de color verde, rojo y morado, así como por llevar gorros muy coloridos. Existen a su vez otras etnias menos numerosas como la etnia Dao Do (que se caracteriza por sus sombreros de color rojo), la etnia Tay (con un traje tradicional sencillo, generalmente de color índigo o azul oscuro) o la etnia Giai (cuyo traje está decorado en la parte del cuello con colores muy luminosos como el azul celeste o el verde).

Mujeres de la etnia Dao Do vendiendo souvenirs en la plaza de Sapa

Pelea de gallos
Aquí llegamos en una furgoneta, cuyo precio tuvimos que regatear arduamente (en lo que iba a ser práctica habitual e ineludible durante nuestro periplo vietnamita), para después de unos 45 minutos llegar hasta su plaza central bajo un calabobos persistente. Sin haber bajado del transporte, ya nos estaban abordando una decena de mujeres Hmong para intentar vendernos sus baratijas al grito de “you shopping for me?”. Estas mujeres no son fáciles de convencer, pues formaron un séquito tras nosotros digno de cualquier marajá, acompañándonos hostal por hostal y esperando a las puertas de los mismos con la esperanza de que decidiéramos no quedarnos a dormir en ninguno e ir con ellas a pasar la noche en su village por el módico precio de 40$ por persona…¡no saben nada las tías! Finalmente conseguimos habitación en un hotel a buen precio y nos dieron por imposibles. Eso sí, pasamos un rato muy agradable y muy divertido mientras nos perseguían. Una vez instalados, había que averiguar la manera de subir al ansiado Fansipan, la montaña más alta de la zona, de Vietnam y de toda Indochina (es decir, de Myanmar, Laos, Vietnam, Camboya y Tailandia), que con sus 3143 m domina el valle de Sapa. Todo un reto y el primer 3000 de Diana.
Después de mucho preguntar llegamos a la conclusión de que no podríamos realizar la ascensión por cuenta propia, así que tras consultar con todas las agencias y muchos hoteles de la ciudad, decidimos contratar un guía que nos llevara hasta la cima en una excursión de dos días y una noche, pues por delante nos esperaban 1148 metros de desnivel positivo, pero más de 1500 metros de desnivel acumulado. Empezamos a 1995m de altura, en el paso de Tram Ton, pasada la Cascada de Plata. El camino rápidamente se adentra en un espeso bosque tropical, muy húmedo, y más cuando había estado lloviendo los días anteriores, por lo que se hacía difícil andar por el camino embarrado y rocoso que se convertía en una auténtica pista de patinaje. Tras cuatro horas de aproximación en que salvamos solamente 200 metros de desnivel, Cao, nuestro guía, decidió parar para avituallarnos, para posteriormente proseguir el camino que nos llevaría hasta el segundo campo base, donde pasaríamos la noche. Después de una copiosa comida y unos intercambios de fotos, empezamos la que sería la parte dura del día, pues en apenas 2 horas y media salvamos un desnivel de 600 metros que a través de la arista de la montaña nos llevó hasta el campamento base, compuesto de una choza con forma  de tienda canadiense con 2 tarimas de madera donde debíamos dormir excursionistas, guías, porteadores y algún que otro roedor juguetón. Conocimos a Valentin (un francés muy majete con el que coincidiríamos posteriormente en Cat Ba) y con unas chicas españolas que nos amenizaron la tarde. Después de una temprana cena (¡a las 5 de la tarde!) esperamos a que oscureciera en espera de una de las peores noches que pasaríamos en Vietnam. Imposible dormir. Los guías y porteadores de fiesta, las tablas de madera de las tarimas estaban dispuestas sin orden alguno y buscando huesos para quebrar y espaldas que moldear, un abrir y cerrar incesante de puertas cada vez que entraba y salía alguno de los guías, además de los gritos de alerta de las ratas que buscaban algún resto de comida que poder apañar. En resumen, una noche para olvidar. Pero el Fansipan bien valía el sufrimiento.
Por la mañana, buenas noticias, ¡NO LLOVÍA! Así que tras un buen desayuno, ¡a caminar! Nos quedaban por delante dos duras horas de sube y baja en busca del Fansipan. Y dicho y hecho, tras un par de horitas, por fin llegábamos a la cumbre más alta de Indochina, el Fansipan, con su pirámide conmemorativa marcando el hito, y absolutamente enterita para nosotros solos. Diana se había portado como una auténtica campeona e hizo una subida excepcional. La emoción en la cima era de completa felicidad y las vistas de los valles que la rodeaban era sobrecogedora. Unas fotos de rigor, unos minutos disfrutando de la cima sintiéndonos los amos del mundo, y nuevamente en camino, que aún nos quedaban unas cuanta horas de duro descenso, que se nos hizo bastante cuesta abajo (nunca mejor dicho), muy peligroso por lo resbaladizo del camino, en busca de la recompensa final, unas cervezas bien fresquitas y una espectacular puesta de sol. Nos lo habíamos merecido. Y después, a descansar y hasta otro día.




14 de agosto de 2012

Y por fin...Vietnam

Nuestras últimas horas en China las hemos pasado en Kunming, después de un viaje más en sleeper bus desde Lijiang (ciudad turística donde las haya), encajonados en esas "literas" minúsculas, y una vez más, llegando al destino antes de que la ciudad amaneciera, esta vez a las 5:15 am, por lo que tocó esperar hasta las 6 de la mañana en la parada de autobús, ubicada en una calle muy oscura, mientras nos comíamos unas salchichas insípidas a modo de desayuno improvisado, hasta que apareció el autobús que nos llevaría hasta el hostel. Unas vueltas para encontrar el hostel (puesto que las indicaciones que nos dieron por mail decían que estaban al noroeste de una plaza y en realidad estaban al sureste, los chinos son malos hasta para saber donde viven), una vuelta por los alrededores para hacer tiempo mientras estaba disponible nuestra habitación, y finalmente una merecida ducha y posterior cerveza (por fin fría...¡SIIIII!...otra cosa que también escasea en China) y una buena hamburguesa, todo ello amenizado por Marc, un simpático inglés que llevaba una borrachera tremenda y así siguió todo el día ¡vaya crack!

Y lo más importante, conseguimos los billetes de autobús que suponían nuestra puerta de salida de China para el día siguiente (7 de agosto), ¡un gran día!

A las 9 de la mañana ya estábamos en el autobús, nos esperaban 8 horas (si todo iba bien) de camino hasta Hekou (o eso creíamos), ciudad que hace de paso fronterizo con Vietnam. Como había sido habitual durante nuestra estancia en China, éramos los únicos "guiris" del autobús, lo cual se nota inmediatamente en cuanto la marabunta de chinos baja del autobús en la única parada que éste hizo, pues es poner un pie a tierra y es un no parar de sonidos guturales procedentes de lo más recóndito de sus entrañas hasta culminar en una increible performance de escupitajos que no cesa hasta que vuelven a subir al autobús...perdón, en el autobús continua. ¡Es realmente asqueroso! Los chinos son lo más guarro que nos hemos encontrado nunca...




Unas horas más tarde ya estábamos cerca de la frontera, pasando por unos parajes realmente impresionantes, hasta llegar a un peaje al final de la autopista, en donde el autobús paró para que subiera un "amable" policía que se llevó nuestros pasaportes (en ese momento hizo acto de presencia el verdadero acojone), pero en unos minutos los tuvimos de vuelta y pudimos continuar hasta "cerca" de Hekou. El autobús no paró en el mismo pueblo, sino a unos 5-6 km, cosa de la que no teníamos ni idea, pues hicimos caso (nuevamente equivocadamente) de la Lonely Planet, que decía que la frontera se encontraba a 150 metros de la estación de autobuses. Pues no. Gracias a la ayuda de un amable chino, pudimos coger un microbus que nos llevó hasta el verdadero pueblo de Hekou y nos dejó en el mismo puesto fronterizo. Una vez allí, el trámite nos llevó tan solo unos minutos y pudimos cruzar a pie e ansiado puente sobre el río Rojo que nos llevaría hasta Lao Cai, por fin en Vietnam.







Eran las 5 de la tarde y queríamos ir hacia Sapa, pero por desgracia ya no había microbuses que circularan hasta allí hasta el día siguiente, y aunque por la calle todo el mundo se ofrecía a llevarte bien en mototaxi, en furgoneta o en taxi, los precios que nos pedían eran abusivos y decidimos pasar noche en Lao Cai. Conseguimos una pensión a muy buen precio gracias a la ayuda de unos turistas españoles a los que abordamos en las inmediaciones de la estación de tren, y ya solo faltaba una ducha antes de poder disfrutar de unas cervezas bien fresquitas, que en Vietnam, a diferencia de China, abundan.

Y a la mañana siguiente hacia Sapa, ¡a la conquista del Fansipan!