La esencia de Vietnam
En Vietnam todo es susceptible de ser copiado. En cualquier rincón encuentras una imitación, da igual de qué se trate, ellos ya lo habrán copiado...pero en esta ocasión fueron demasiado lejos.
Bahía de Halong
Vendedora ambulante en medio de la Bahía de Halong.
Angkor Wat
Visitando el edificio principal del recinto de Angkor, al que da nombre. Un edificio majestuoso, bello y lleno de historia.
Annapurna Circuit
Caminando por el Himalaya, rodeando el macizo del Annapurna, encontramos recónditos e increibles paisajes como el valle donde se encuentra el colorido pueblo de Tal.
Himalaya indio
Impresionantes vistas aéreas de los picos nevados de la cordillera del Himalaya en su parte más oriental, al norte de la India, en Ladakh.
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5 de noviembre de 2012
En la aldea del Mekong
Ya
quedaba poquito que rascar en Vietnam, salvo cruzar la frontera con Camboya en
barco a través del río Mekong. Y para deleite de mi buen amigo Ivan, visitando
una de sus muy ansiadas aldeas del Mekong.
Abandonamos
Ho Chi Minh City en autobús en dirección a Chau Doc, pueblo que sirve de base
para cruzar la frontera con Camboya por río. El pueblo no tiene ningún interés,
así que poca cosa podemos contar. Después de dar unas cuantas vueltas
conseguimos unos billetes de barco-autobús por 10 dólares + los 23 que nos
piden por el visado camboyano (los 20 del visado real, 1 para el oficial
vietnamita, 1 para el oficial camboyano y 1 de comisión). No hay que pagar más
de 20 dólares por el visado. En todas las agencias, hoteles, etc te engañan
cuando te dicen que el puesto está muy lejos y hay que ir en moto, ¡MENTIRA! El
barco te deja en una plataforma donde está la policía de aduanas. Desde allí
hay que ir caminando hasta el puesto fronterizo vietnamita, al que se llega en
10-15 minutos, en donde te ponen el sello de salida (te pedirán 1 dólar de
“tasa”, pero si le explicas con calma al oficial que sabes que no debes
pagarlo, te sellará el pasaporte sin problemas). Lo mismo pasa en el lado
camboyano, pero con calma y paciencia, pagas tus 20 dólares y esperas a que el
autobús que habías contratado te lleve hasta el siguiente puesto, en donde te
pondrán el sello de entrada a Camboya.
El
paseo en barco hasta la frontera con Camboya empezó con una visita a una aldea
del Mekong (para intentar vender telas y prendas de ropa) y una piscifactoría
flotante, una auténtica turistada que venía incluida en el precio y que te
tenías que tragar sí o sí. Tonterías a parte, el viaje en barca por el Mekong
fue espectacular y una manera original de cruzar la frontera. Nos hizo un
tiempo fantástico y pudimos disfrutar de un paisaje que hasta la fecha no
conocíamos, pues jamás había visto un río de semejante calibre.
Una vez
cruzada la frontera, nos quedaban 2-3 horas de viaje en una furgoneta hasta la
Phnom Penh, la capital de Camboya. Tuvimos la suerte de compartir el viaje con
2 tipos ingleses que habían estado anteriormente en Laos y que parecían muy buena
gente, lástima que hablaban terriblemente rápido y no les entendíamos casi
nada, acabamos con la cabeza como un bombo del esfuerzo. También tuvimos la
“grandísima suerte” de coincidir con un niñato de papá rumano que tenía más
tics que Quim Monzó, para el que cada momento de su vida era “amazing” y que
hablaba como si le estuvieran metiendo un palo en el culo cada vez que abría la
boca. ¡Qué tío más pesado! Lo mejor fue cuando nos preguntó con su estúpida
sonrisa sardónica si en España trabajábamos algo o nos pasábamos el día echando
la siesta. El inglés simpático se quedó flipando con el niñato de las narices,
pero imaginaros nuestra cara. ¿Acaso sabía tremendo payaso la idea que se tiene
en nuestro país de los rumanos? Aunque las ganas me corroían, mantuvimos la
compostura, fuimos elegantes y no le dijimos nada, no había que ponerse a su
altura. Eso sí, después de eso pasamos de su cara y esperamos a llegar a Phnom
Penh. Afortunadamente no tardamos mucho.
La
furgoneta nos dejó a tomar por culo, y al bajar de ella el resto de guiris huyó
en desbandada a negociar el precio del tuk-tuk en grupos de 4 y dejándonos en
la estacada a merced de los conductores, aunque nos defendimos bien y
conseguimos un buen precio, rebajando los 15 dólares iniciales a tan solo 3.
Nuevamente entrábamos en otro país en donde te va la vida en el regateo. ¡Así es Asia!
4 de noviembre de 2012
Ho Chi Minh City
Después
de nuestro encuentro con la fauna salvaje
vietnamita nos dirigimos hacia el centro económico y comercial del país, la
antigua Saigón, que hoy lleva el nombre del tío Ho Chi. Allí pasaríamos el Día
Nacional de Vietnam (2 de Septiembre), día que conmemora la proclamación de
independencia del país promulgada por su amada líder Ho Chi Minh.
Nos
habían alertado de lo caótico de esta ciudad, del agobiante tráfico de sus
calles, del cual nos dijeron que era muchísimo más sofocante que el de Hanoi,
pero nuestra impresión (quizás porque íbamos sobre aviso) no fue esa ni mucho
menos. Es cierto que Saigón es caótica, tiene muchísimo tráfico, etc, pero muy
similar a Hanoi desde mi punto de vista, sin grandes diferencias. Pekín nos
pareció muchísimo más agobiante, con una manera de conducir realmente agresiva
y sin ningún lugar a dudas mucho más irrespirable (especialmente para un
asmático) que Saigón con diferencia. Lo que sí es bastante más cara que el
resto del país, y también se nota la diferencia.
Gracias
a unos chicos irlandeses conseguimos una habitación por 4 dólares persona en
una “pensión” con una chica muy graciosa que solo sabía decir “my friend is
coming” y “no problem” y en la que a la mínima se iba la luz, pero era lo más
económico del lugar y con una relación calidad-precio razonable. Vimos
cuchitriles más caros que eran absolutamente inhabitables, dignos de la
conocida película de zombies del señor Balagueró que debería ocupar los
estantes de películas de serie Z de los videoclubs, o simplemente desaparecer.
Lo
mejor de nuestra estancia en esta ciudad, y quizá lo único que merece la pena,
fue la visita al Museo de la Guerra, que aunque ofrece una visión muy
partidista (lógico en un país comunista) de los acontecimientos, pone sobre la
mesa detalles, información y documentos gráficos del conflicto que no llegan a
nuestro sesgado mundo occidental. La entrada cuesta 20000 dong (0,8 euros) y es
válida para todo el día (el museo cierra a mediodía y vuelve a abrir a las 4 de
la tarde si no recuerdo mal). Merece mucho la pena realizar la visita con
calma. El edificio consta de 3 plantas y la visita se empieza en el tercer
piso, en donde se ordenan cronológicamente los episodios del conflicto y
aprendes que la guerra estalló por las
diferencias entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur, entrando en
escena primero los franceses al ver peligrar su colonia, y más tarde los
americanos, que como siempre, se metieron donde nadie les llama.
El otro
punto estrella del museo se encuentra en el segundo piso, en donde se muestra
una colección de fotografías (algunas impactantes) de las atrocidades que
cometieron los americanos en la guerra de Vietnam y los efectos que produjeron
los agentes químicos sobre la población civil. Es sobre todo llamativo el
llamado Orange agent, considerado el
arma biológica más nociva jamás creada. Aquí podremos ver fotografías de sobras
conocidas por nosotros, como la llamada La
niña del napalm, entre otras. El
punto flaco de esta exposición, como es evidente, es la ausencia de imágenes
que muestren las atrocidades que cometía el Viet Cong, pero como un país
comunista va a reconocer y divulgar las barbaridades que cometieron. A pesar de
ello, la visita al museo consideramos que es imprescindible si decides pasar
por Saigón.
La otra
parte positiva de Saigón es que nos reencontramos con Rubén, Sabina y Laura
antes de que volvieran a España y que Sabina me quitó a jeringazos un tapón de
cera que me había estado dando el coñazo durante una semana. Imaginadme
intentando entender a la gente con mi supernivel de inglés y sordo como una
tapia. Como Paco Martínez Soria en La
ciudad no es para mí.
3 de noviembre de 2012
La cebra
¿Creéis
que en Vietnam existen cebras? No ¿verdad? Pues estáis equivocados. En Da Lat,
en medio de las montañas, puedes ver cebras. Increible.
Después
de incontables horas de viaje en autobús, en el que afortunadamente pudimos
dormir, nos plantamos en Da Lat después de cambiar de autobús en Nha Trang, en
donde tan solo estuvimos 1 hora de paso, de lo que nos alegramos muchísimo,
pues es como Lloret de Mar, Salou o Benidorm, por lo que sobran comentarios. En
Vietnam pasa una cosa bien curiosa con los transportes, y es que los autobuses
no siempre paran en la estación de autobuses del pueblo o ciudad, sino que en
la mayoría de ocasiones paran enfrente de un hotel con el que tienen algún tipo
de acuerdo, para intentar que los turistas piquemos, nos quedemos en dichos
hoteles y recibir a cambio su comisión, práctica que resulta bastante molesta
para el mochilero, que tiene que cargar con su equipaje durante sabe cuanto
tiempo en busca del centro de la ciudad, el hotel reservado, etc.
Engaños
y timos aparte, el viaje por el interior de Vietnam bien merece la pena, pues
el paisaje cambia radicalmente, dando paso a paisajes realmente rurales, en
donde las poblaciones dejan de tener construcciones de estilo francés o
colonial para dar paso a sencillas y bonitas casas o chabolas de madera que
confieren un aire más auténtico al entorno.
Los
motivos que nos llevaron Da Lat fueron huir de las hordas de turistas que
siguen las guías de viaje más famosas y hacer algo de ejercicio, con el
objetivo del monte Lang Biang en la cabeza, un antiguo volcán que alcanza una
altura de 2167m. Da Lat es una ciudad cara en comparación con el norte de
Vietnam, pero buscando un poquito buscas cantidad de puestos de fideos baratos,
restaurantes repletos de lugareños en las inmediaciones del mercado central y
numerosos puestos de comida rápida en el mercado nocturno, además de algún
restaurante que ofrece platos de arroz, noodles y rollitos de primavera por un
módico precio. La dieta estándar que un mochilero en Vietnam.
Para ir
al monte Lang Biang, hay que coger un autobús en la calle Panh Ding Phung que
cuesta 12000 dong/trayecto (0,5 euros) hasta la última parada, en la entrada del
parque nacional. Una vez allí pagas la entrada al parque (10000 dong = 0,4
euros) y en unas 2 horas de camino llegas hasta la cima. Existen 2 caminos
desde el panel informativo de la entrada del parque. El más recomendable es el
de la izquierda, que sube siguiendo la carretera hasta un segundo panel
informativo que indica el camino a seguir ya por el interior del bosque. Y un
camino que sale a la derecha de la carretera y que va a dar a la misma justo
antes del segundo panel informativo. Este segundo camino es mucho más empinado,
y no es recomendable porque está muy mal señalizado y es muy fácil perderse en
el bosque. Nosotros coincidimos con 2 chicos alemanes que pudieron evitar la
carretera gracias a que llevaban grabado el track en su GPS.
La
caminata fue muy gratificante, aunque en su parte final la pendiente es muy
pronunciada y se salva subiendo unos interminables escalones llenos de barro y
muy, muy resbaladizos, pero las vistas desde la cima bien merecen la pena el
esfuerzo.
De
todas maneras, lo más impactante del día no fue ni llegar a la cima, ni
contemplar las vistas, sino poder contemplar la verdadera esencia de lo que
significa Vietnam hoy en día. Y es que al entrar en el recinto del parque
natural pudimos observar una escena totalmente increíble, que no nos podíamos
creer ni aún después de frotarnos los ojos varias veces. ¡En el parque había
cebras! Yo creía que solamente podías verlas en África, pero no, tanto
documental de la 2 no había servido para nada, nos acababan de desmontar
nuestra imagen de la sabana africana ¿y si todos esos documentales del
Serengeti se habían rodado allí, en Da Lat, en el puto centro de Vietnam? ¿Y
dónde estaban los leones, y las hienas? Desgraciadamente, solamente había que
prestar un poquito de atención y limpiar bien las gafas. Bien es sabido que
Vietnam es el paraíso de las falsificaciones, aquí lo copian todo y todo parece
original y de primerísima calidad. ¡Todo
menos las cebras! ¿Pero a quién se le ocurre pintarle rayas negras a un
pobre caballo blanco? Si el malogrado amigo Félix levantara la cabeza no se
creería semejante esperpento. ¡Hay que ser cutre para hacerle eso a unos pobres
caballos! No tiene nombre.
Como
decía, esto refleja perfectamente lo que es este país hoy día, el paraíso de la falsificación, pero eso no es culpa de ellos, y cuando caminas por las calles vietnamitas y miras atentamente a cualquier persona de más de 40 años piensas, ¡coño! este/a tío/a ha vivido la guerra en sus carnes. Entonces reflexionas y ya no te parece tan agobiante ni tan terrible que te estén intentando sacar un dólar cada vez que pueden.
2 de noviembre de 2012
Trajes, turistas y luces de colores
Después
de una sensación de resaca que ya parecía olvidada y de continuar disfrutando
de una piscina increíble a pie de playa, y después de una salvadora llamada de
la chica del hotel, cogimos un sleeper
bus en medio de la carretera, casi a la carrera y una vez más bajo la
lluvia, de una compañía “nisu” totalmente distinta de la que habíamos
contratado, para dirigirnos hacia Hoy An, el destino ideal para quienes buscan
“shopping tourism” y hacerse un traje a medida. El autobús era muy gracioso,
pues estaba completamente destartalado, algunos asientos no se podían poner en
posición vertical y viceversa, y los viajeros daban unos botes tremendos a cada
bache que cogía el autobús. Pero llegamos a destino en poco tiempo, y
afortunadamente nos dejaron a 15 minutos caminando de nuestro hotel. Dejamos
las cosas y nos fuimos a dar un paseo por la ciudad para ver el atardecer a la
vera del río, desde un curioso puente adornado con faroles de colores que
hicieron que la puesta de sol fuera un auténtico espectáculo, continuado con el
festival de colores de los mercados nocturnos y calles de la ciudad. Una cena
en medio de alguna cucaracha desperdigada y unas bia hoi a 4000 dong (20 céntimos de euro), a nuestro juicio lo que
más merece la pena de la ciudad.
Aquí
recuperamos el 40% del dinero que habíamos pagado por el crucero en Halong Bay, lo que nos llevó tan solo
unos minutos, pues el dueño de la compañía realmente cumplió su palabra con
diligencia, y más felices que unas pascuas nos fuimos a entremezclarnos con el
gentío en los mercados diurnos situados a la ribera del río, a refrescarnos con
alguna bia hoi antes de subir al
autobús que nos llevaría, previo trasbordo, hasta Da Lat.
A
nuestro modo de ver Hoi An es una ciudad extremadamente turística donde no hay
mucho que hacer salvo que tu objetivo sea ir de compras (evidentemente de
artículos de imitación y dudosa calidad), hacerte un traje a medida (con una
oferta escandalosa) y gozar de una variada oferta culinaria siempre que tu
presupuesto te lo permita, pero en la que no merece la pena pasar más de una
noche. Ésto, como siempre, es una opinión personal.
1 de octubre de 2012
Encuentros con el Rotary Club
Hoy
hemos llegado a Lang Co, un pueblo muy
pequeño situado en la costa central de Vietnam, entre Hue y Danang, en sleeper
bus desde Ninh Binh, vía Hue. Es uno de esos sitios fuera del
alcance de la Lonely planet, donde no
hay hordas de turistas, lo cual se nota y bastante, pues no hay nada que hacer
más que disfrutar de una playa paradisíaca para ti solito, o sea, una auténtica pasada. Lo único malo es que
llegar puede resultar complicado. Desde Ninh Binh hemos utilizado nuestro open bus ticket, un billete de autobús
que incluye las ciudades más importantes desde Hanoi a Ho Chi Minh City
(antigua Saigón) o viceversa, y hemos cambiado de autobús en Hue para llegar
hasta Lang Co. El problema es que el autobús nos ha dejado a varios kilómetros
de distancia del pueblo, por lo que hemos tenido que cargar con las mochilas y
patear más de una hora hasta llegar al pueblo, con el calor abrasador que
hacía, hasta encontrar hotel, aunque la jugada nos ha salido bastante bien,
habitación triple en un resort de “lujo” por 25 dólares para 3 personas con
desayuno incluido (no llega a 8 euros por cabeza). ¡Y con toda una playa para
nosotros solos! Después de 2 horas bajo un calor sofocante y un baño reparador,
mientras comíamos, en el mismo hotel nos han invitado a una fiesta que se
celebraba esa misma noche, ¡qué suerte! Íbamos a asistir a una auténtica fiesta
de teenagers vietnamitas. Después de
comer, siesta en la playa, bañito en el mar, bañito en la piscina del hotel
frente al mar y a disfrutar de la preciosa puesta de sol.
Una
vuelta en busca del epicentro del pueblo y un lugar donde cenar, y mira tú por
donde acabamos en un restaurante de lugareños donde el simpático dueño, sin
saber una palabra de inglés (solo la escueta carta de su local escrita en el
idioma de Shakespeare), nos ha deleitado con un arroz y unos noodles exquisitos
y cinco cervezas, la cena más barata y más agradable desde que estamos en
Vietnam, todo un descubrimiento. Después de tan suculento menú, de vuelta al
hotel a ver que nos ofrecía la fiesta a la que nos habían invitado. Nada más
llegar, nuestro anfitrión, del que no recuerdo el nombre, nos coloca en una
mesa en frente del escenario, nos saca un montón de latas de cerveza y nos trae
unos platos de comida. El espectáculo es de lo más folklórico. Un montón de vietnamese teenagers con las hormonas en
plena efervescencia, con los que compartimos escenario marcándonos unos dancings recordando tiempos pasados (y
no tan pasados) y haciéndonos fotos con los lugareños tras peticiones que
podrían parecer de matrimonio, todo ello regado con abundante cerveza, en lo
que hasta ahora ha sido nuestra primera borrachera gratuita desde que empezamos
el viaje. Realmente lo hemos pasado genial, ha sido un espectáculo increíble,
solamente ha faltado el típico karaoke vietnamita, aunque nosotros hemos
agradecido que no lo hicieran. Buenas noches, hoy estamos algo
“contentos”...jejeje
30 de septiembre de 2012
La belleza de la Tam Coc
Después
de abandonar Cat Ba, nos dirigimos hacia Ninh Binh, una pequeña ciudad al sur
de Hanoi y un lugar donde disfrutar de unos increíbles paisajes kársticos (que
son la tónica en toda la península de Indochina) muy similares a los de la
bahía de Halong, pero esta vez en lugar de estar rodeados de agua, lo están de
arrozales.
La ciudad en sí no tiene mucho que ofrecer y
no tiene ningún encanto, pero es una buena base de operaciones para alquilar
una bicicleta o una moto y visitar los alrededores. Eso hicimos. Alquilar unas
bicicletas vietnamitas, con cesta delantera incluida, en plan Verano Azul, e ir
hasta la Tam Coc, un canal de agua artificial rodeado de espectaculares
paisajes kársticos donde subirse a una pequeña barquita manejada por lugareños
que utilizan los pies para remar, atravesando pequeñas grutas y disfrutando de
la tranquilidad del lugar durante un par de horas.
Tras el viaje en barca, se puede continuar
pedaleando por los alrededores y visitar diferentes cuevas y santuarios.
Nosotros, en lugar de eso, nos perdimos con nuestras bicicletas por entre medio
de los arrozales para alejarnos de la carretera principal y descubrir pequeños
pueblos y asentamientos en donde poder aprender algo del día a día de los
vietnamitas.
Quizá Ninh Binh no sea un lugar al que
dedicarle más que un par de días a lo sumo, aun así, a nosotros nos sorprendió
gratamente, superando con creces las expectativas, y al menos en nuestro caso,
lejos de la marabunta de turistas (principalmente chinos) de otras zonas de
Vietnam. Un lugar precioso.
29 de septiembre de 2012
Bahía de Halong, haciendo amigos
Al día
siguiente empezaba nuestro particular periplo por Halong Bay. Antes de embarcar fuimos a aprovisionarnos bien, 5 garrafas
de 5 litros y una caja de 24 latas de cerveza, pues los tours por la bahía
nunca incluyen las bebidas. Imaginaros la cara que se le quedó a la tripulación
del barco cuando nos vio aparecer con el cargamento, pero la pela es la pela. Y
con nuestras sonrisas de oreja a oreja subimos al barquito con toda la ilusión
del mundo.
Poco
duró nuestra emoción. Justo lo que tardamos en entrar a nuestro camarote.
Inmediatamente la sonrisa se borró de nuestras caras y dio paso a una mueca de
horror y frustración al ver a una de nuestras adorables amiguitas de 6 patas.
Allí estaba, tras la puerta, panza arriba, disfrutando de la morada invadida, y
pidiendo a gritos ser pisoteada ¡Zas! Adiós adorable amiguita. A pesar de
blindar la habitación intentando tapar todos los agujeros existentes a nuestro
alcance, la plaga de pequeñas amiguitas era inevitable y poco podíamos hacer
que intentar olvidar el asunto y disfrutar del viaje, y así hicimos, aunque con
esfuerzo. Ya no fuimos capaces de dormir en el camarote ninguna de las 2
noches. La primera en cubierta, aunque sin cucarachas también la hubiéramos
pasado arriba, ¡qué calor hacía en el barco! La segunda, hacinados en 2
“sofás”, pues hubo tormenta y no pudimos utilizar la cubierta. Al día siguiente
no éramos capaces de poner la espalda recta.
A pesar
de este contratiempo, el viaje por la bahía de Halong fue espectacular. El
paraje es sensacional, indescriptible. Por todas partes sobresalen peñones
kársticos coronados por pequeños y espesos bosques que sin querer te trasladan
a un pequeño mundo perdido en donde en cualquier momento pueden aparecer seres
extraños y en donde la sensación de soledad, tranquilidad y sosiego es
absoluta, en definitiva, un lugar donde el tiempo se para. Por suerte, esta
sensación se vio facilitada porque nuestro barquito navegó por zonas muy poco
frecuentadas por las hordas de cruceros que invaden otras zonas de la bahía.
Otros amigos que encontramos por el camino no tuvieron la misma suerte y
zarparon desde la ciudad de Halong, siguiendo el mismo recorrido que otros
centenares de barcos y perdiendo la esencia del viaje. Por fortuna, nosotros
pudimos disfrutar la bahía con muy poca compañía, pudiendo disfrutar de un
chapuzón en un mar solitario y sintiendo que ese pedacito de mundo solamente nos
pertenecía a nosotros.
Y una
vez acabado el crucero, tocaba poner tierra de por medio para intentar reclamar
una compensación por las malas condiciones de mantenimiento que presentaba
nuestro barco. Después de diversos correos electrónicos mostrando clara y
fervientemente nuestro descontento, el dueño de la empresa (Ecofriendly tours) accedió a devolvernos
el 40% del importe total a modo de compensación. Ciertamente, cuando le escribí
el primer correo, no esperaba obtener ninguna respuesta positiva, sino tan solo
usar mi derecho a la pataleta, pues bien es sabido que una vez has pagado, poco
tienes que ganar cuando haces una reclamación. Pero en esta ocasión tuvimos
mucha suerte, y que nos devolviera casi la mitad nos sorprendió mucho, mucho y
mucho, pero nos vino de perlas para arreglar un poco el presupuesto del mes. Ya
os imagináis como lo celebramos ¿eh?
28 de septiembre de 2012
Under the typhoon
10 de septiembre de 2012
El timo del taxímetro
Hoy
abandonamos el frenesí automovilístico de Hanoi para buscar un remanso de paz
en la isla de Cat Ba (con permiso de los tifones). Dejamos nuestro hotel después
de un copioso desayuno y cogimos un taxi que nos dejaría en la estación de
autobuses de Luong Yen. Para intentar dejarnos con mal sabor de boca, el
maldito taxista lo primero que hace es ir en dirección contraria. La estación
de autobuses se encuentra al suereste de nuestra posición, además, ayer
habíamos ido hasta allí caminando y sabíamos qué dirección debía seguir el
taxi. Pues bien, la primera dirección que toma el taxista es hacia el oeste (y
mucha pinta de cowboy no tenía el condenado). Le decimos que hay que ir en
sentido contrario, a lo que gira en la siguiente calle, ¡pero en dirección
norte! Y el muy c…….. se va hasta el mercado de Dong Xuan, ¡no había en la
ciudad otro lugar con más tráfico? Y claro, le volvemos a decir que vaya de una
vez en la dirección correcta, a lo que esta vez, después de haber inflado el
taxímetro, nos lleva por fin rumbo a la estación de autobús. Una vez allí le
decimos que pare a la entrada, pero el muy c….. nos dice que tiene que entrar
en la zona de aparcamiento de los autobuses, y es que (nosotros ya íbamos
prevenidos) si pasa la barrera del parking
lot aprovecha para cobrarnos 10000 dong más. Diana se baja del coche y el
muy listo no abre el maletero (en Asia los taxistas cierran el maletero en cuanto
suben al coche y lo abren ellos cuando se les antoja, así que toca espabilarse)
y cruza la barrera. Entonces, no sé cómo, consigo que el tipo se baje del coche
conmigo, abra el maletero, y cuando ya tenemos las mochilas en nuestro poder,
le pago la inflada tarifa, pero sin los 10000 dong extras que se quería cobrar,
y sin mirar atrás seguimos nuestro camino hasta la sala de espera de la
estación.
Realmente
la carrera no nos salió muy cara si piensas en euros, pero sí para lo que es
Hanoi, pero al final cansa estar regateando minuto a minuto para que no nos
timen, se hacen muy pesados. A pesar de eso, los vietnamitas son, de lejos,
mucho más amables que los chinos, y nosotros vamos aprendiendo el arte del
regateo a marchas forzadas con bastante buen resultado, por lo que vamos
comparando con otros turistas, así que estamos en el buen camino.
Afortunadamente,
el autobús nos había dejado en la misma puerta del hotel que habíamos reservado
la noche anterior (no solemos hacer reservas previas desde que estamos en
Vietnam, pero es que la diferencia de precio lo valía) y disfrutar del calor
infernal que hace en esta isla. No paramos de sudar ni un segundo, a este ritmo
me voy a quedar en los huesos…

Una vez
aposentados, fuimos a negociar un tour privado en barco por la bahía de Halong
para dentro de unos días, cuando vengan a visitarnos nuestros amigos
alicantinos, y además conseguimos una habitación para los días siguientes aún a
mejor precio. Así que habíamos triunfado, porque preguntando por varios hoteles
de la zona, ninguno no había ofrecido un precio tan bajo, y la habitación
estaba bastante bien, con su baño privado, aire acondicionado y wifi. Perfecto.

Después de haber concluido con nuestras tareas,
había que ir a disfrutar de una buena cena y unas Tiger bien fresquitas, ¡qué
ricasssss!
5 de septiembre de 2012
El billete defectuoso
Hoy ha
sido un día extraño, tenso. Hemos pasado la mañana de agencia en agencia
intentando conseguir un precio razonable para un tour en barco por la Bahía de
Halong por zonas alejadas de la masificación turística a la que se ve sujeta
este paraje natural, y más en temporada alta. El resultado ha sido abrumador.
Solamente hemos encontrado 2 compañías que ofrezcan algo diferente a todas las
demás, y algo consistente, con sus propios barcos, y las 2 muy interesantes. El
precio no es muy apto para gente como nosotros que viaja en plan mochilero y
con casi un año de viaje por delante, pero creemos que el lugar bien merece la
pena, por lo que hemos decidido contratar un tour privado junto con unos amigos
que nos vienen a visitar este fin de semana, en un barquito para nosotros cinco
solitos, gracias a las recomendaciones de Carmen, una amiga residente en Hanoi
con la que tuvimos oportunidad de compartir un rato muy agradable y a la que
estamos enormemente agradecidos por su compañía y sus consejos. Y de camino a la estación de autobuses de Luong Yen hemos aprovechado para visitar la Catedral de San José, lo que nos ha servido para escondernos un rato del sol ¡qué calor!Para resarcirnos, compramos unas latas de atún, unos tomates y una botellita de aceite de oliva (no pudimos resistirnos a la tentación, cara, pero asumible) y ¡qué rica ensalada que nos hemos comido! Después a internetear un rato para atar el tema del crucero por Halong Bay y algún que otro asuntillo, y a callejear en busca de unas Bia Hoi bien fresquitas.
4 de septiembre de 2012
Hanoi
Hanoi,
ciudad de casi 4 millones de habitantes, también llamada en su momento Thanh
Long (Ciudad del dragón volador), es una ciudad que nos había despertado cierto
temor, pues algunos viajeros que encontramos por el camino nos habían advertido
que era una ciudad terriblemente caótica, ruidosa, sofocante y agobiante, por
lo que en un primer momento pensamos en escapar cuanto antes del bullicio de la
metrópolis e ir a buscar un remanso de paz en medio de la naturaleza. Por
fortuna, no lo hicimos y pasamos 2 noches en la ciudad. Nada más llegar, a
regatear, esta vez con un taxista. El tiro nos salió un poco por la culata,
pero no tuvimos que pedir un rescate a la Merckel, así que puestos sobre aviso, fuimos a
negociar hoteles cerca de la zona mochilera hasta que conseguimos uno económico
y con desayuno buffet incluido (que ha sido de los mejores desayunos de los que
disfrutaríamos en nuestro paso por este país con forma de dragón). Y después, a
callejear.
31 de agosto de 2012
A la conquista del Fansipan
Sapa es una
pequeña ciudad de aproximadamente 35000 habitantes, situada en el extremo
noroeste del país y a unos 1500 metros de altitud, Sapa es un maravilloso
enclave rodeado de imponentes montañas y espléndidos paisajes conformados por
bancales de arroz y bosques pseudotropicales que pintan toda la zona de un
verde increíble. A pesar de ser una ciudad muy turística, en donde por primera
vez desde que empezamos nuestro viaje podemos ver casi el mismo número de
extranjeros que de autóctonos, no hay más que caminar unos 10 minutos para
poder salir del bullicio de la plaza central y los mercados colindantes para
poder disfrutar de los increíbles parajes naturales que la rodean y
escabullirse entre el silencio de sus arrozales, y si el tiempo acompaña,
disfrutar de una espectacular puesta de sol.
En sus
alrededores habitan algunas etnias minoritarias, de entre las que la más
numerosa es la etnia Hmong (o también llamada Miao), con más de un millón de personas
en todo Vietnam, provenientes del sur de China, y que también podemos encontrar
en Laos, Camboya y Tailandia. Se caracterizan por sus vestimentas en color
negro y con decoración en las mangas de color verde, rojo y morado, así como
por llevar gorros muy coloridos. Existen a su vez otras etnias menos numerosas
como la etnia Dao Do (que se
caracteriza por sus sombreros de color rojo), la etnia Tay (con un traje tradicional sencillo, generalmente de color
índigo o azul oscuro) o la etnia Giai (cuyo
traje está decorado en la parte del cuello con colores muy luminosos como el
azul celeste o el verde).
![]() |
| Mujeres de la etnia Dao Do vendiendo souvenirs en la plaza de Sapa |
![]() |
| Pelea de gallos |
Después
de mucho preguntar llegamos a la conclusión de que no podríamos realizar la
ascensión por cuenta propia, así que tras consultar con todas las agencias y
muchos hoteles de la ciudad, decidimos contratar un guía que nos llevara hasta
la cima en una excursión de dos días y una noche, pues por delante nos
esperaban 1148 metros de desnivel positivo, pero más de 1500 metros de desnivel
acumulado. Empezamos a 1995m de altura, en el paso de Tram Ton, pasada la
Cascada de Plata. El camino rápidamente se adentra en un espeso bosque
tropical, muy húmedo, y más cuando había estado lloviendo los días anteriores,
por lo que se hacía difícil andar por el camino embarrado y rocoso que se
convertía en una auténtica pista de patinaje. Tras cuatro horas de aproximación
en que salvamos solamente 200 metros de desnivel, Cao, nuestro guía, decidió
parar para avituallarnos, para posteriormente proseguir el camino que nos
llevaría hasta el segundo campo base, donde pasaríamos la noche. Después de una
copiosa comida y unos intercambios de fotos, empezamos la que sería la parte
dura del día, pues en apenas 2 horas y media salvamos un desnivel de 600 metros
que a través de la arista de la montaña nos llevó hasta el campamento base,
compuesto de una choza con forma de
tienda canadiense con 2 tarimas de madera donde debíamos dormir excursionistas,
guías, porteadores y algún que otro roedor juguetón. Conocimos a Valentin (un
francés muy majete con el que coincidiríamos posteriormente en Cat Ba) y con
unas chicas españolas que nos amenizaron la tarde. Después de una temprana cena
(¡a las 5 de la tarde!) esperamos a que oscureciera en espera de una de las
peores noches que pasaríamos en Vietnam. Imposible dormir. Los guías y
porteadores de fiesta, las tablas de madera de las tarimas estaban dispuestas
sin orden alguno y buscando huesos para quebrar y espaldas que moldear, un
abrir y cerrar incesante de puertas cada vez que entraba y salía alguno de los
guías, además de los gritos de alerta de las ratas que buscaban algún resto de
comida que poder apañar. En resumen, una noche para olvidar. Pero el Fansipan
bien valía el sufrimiento.
Por la
mañana, buenas noticias, ¡NO LLOVÍA! Así que tras un buen desayuno, ¡a caminar!
Nos quedaban por delante dos duras horas de sube y baja en busca del Fansipan. Y
dicho y hecho, tras un par de horitas, por fin llegábamos a la cumbre más alta
de Indochina, el Fansipan, con su pirámide conmemorativa marcando el hito, y
absolutamente enterita para nosotros solos. Diana se había portado como una
auténtica campeona e hizo una subida excepcional. La emoción en la cima era de
completa felicidad y las vistas de los valles que la rodeaban era
sobrecogedora. Unas fotos de rigor, unos minutos disfrutando de la cima
sintiéndonos los amos del mundo, y nuevamente en camino, que aún nos quedaban
unas cuanta horas de duro descenso, que se nos hizo bastante cuesta abajo
(nunca mejor dicho), muy peligroso por lo resbaladizo del camino, en busca de
la recompensa final, unas cervezas bien fresquitas y una espectacular puesta de
sol. Nos lo habíamos merecido. Y después, a descansar y hasta otro día.
14 de agosto de 2012
Y por fin...Vietnam
Nuestras últimas horas en China las hemos pasado en Kunming, después de un viaje más en sleeper bus desde Lijiang (ciudad turística donde las haya), encajonados en esas "literas" minúsculas, y una vez más, llegando al destino antes de que la ciudad amaneciera, esta vez a las 5:15 am, por lo que tocó esperar hasta las 6 de la mañana en la parada de autobús, ubicada en una calle muy oscura, mientras nos comíamos unas salchichas insípidas a modo de desayuno improvisado, hasta que apareció el autobús que nos llevaría hasta el hostel. Unas vueltas para encontrar el hostel (puesto que las indicaciones que nos dieron por mail decían que estaban al noroeste de una plaza y en realidad estaban al sureste, los chinos son malos hasta para saber donde viven), una vuelta por los alrededores para hacer tiempo mientras estaba disponible nuestra habitación, y finalmente una merecida ducha y posterior cerveza (por fin fría...¡SIIIII!...otra cosa que también escasea en China) y una buena hamburguesa, todo ello amenizado por Marc, un simpático inglés que llevaba una borrachera tremenda y así siguió todo el día ¡vaya crack!
Y lo más importante, conseguimos los billetes de autobús que suponían nuestra puerta de salida de China para el día siguiente (7 de agosto), ¡un gran día!
A las 9 de la mañana ya estábamos en el autobús, nos esperaban 8 horas (si todo iba bien) de camino hasta Hekou (o eso creíamos), ciudad que hace de paso fronterizo con Vietnam. Como había sido habitual durante nuestra estancia en China, éramos los únicos "guiris" del autobús, lo cual se nota inmediatamente en cuanto la marabunta de chinos baja del autobús en la única parada que éste hizo, pues es poner un pie a tierra y es un no parar de sonidos guturales procedentes de lo más recóndito de sus entrañas hasta culminar en una increible performance de escupitajos que no cesa hasta que vuelven a subir al autobús...perdón, en el autobús continua. ¡Es realmente asqueroso! Los chinos son lo más guarro que nos hemos encontrado nunca...

Unas horas más tarde ya estábamos cerca de la frontera, pasando por unos parajes realmente impresionantes, hasta llegar a un peaje al final de la autopista, en donde el autobús paró para que subiera un "amable" policía que se llevó nuestros pasaportes (en ese momento hizo acto de presencia el verdadero acojone), pero en unos minutos los tuvimos de vuelta y pudimos continuar hasta "cerca" de Hekou. El autobús no paró en el mismo pueblo, sino a unos 5-6 km, cosa de la que no teníamos ni idea, pues hicimos caso (nuevamente equivocadamente) de la Lonely Planet, que decía que la frontera se encontraba a 150 metros de la estación de autobuses. Pues no. Gracias a la ayuda de un amable chino, pudimos coger un microbus que nos llevó hasta el verdadero pueblo de Hekou y nos dejó en el mismo puesto fronterizo. Una vez allí, el trámite nos llevó tan solo unos minutos y pudimos cruzar a pie e ansiado puente sobre el río Rojo que nos llevaría hasta Lao Cai, por fin en Vietnam.

Eran las 5 de la tarde y queríamos ir hacia Sapa, pero por desgracia ya no había microbuses que circularan hasta allí hasta el día siguiente, y aunque por la calle todo el mundo se ofrecía a llevarte bien en mototaxi, en furgoneta o en taxi, los precios que nos pedían eran abusivos y decidimos pasar noche en Lao Cai. Conseguimos una pensión a muy buen precio gracias a la ayuda de unos turistas españoles a los que abordamos en las inmediaciones de la estación de tren, y ya solo faltaba una ducha antes de poder disfrutar de unas cervezas bien fresquitas, que en Vietnam, a diferencia de China, abundan.
Y a la mañana siguiente hacia Sapa, ¡a la conquista del Fansipan!
Y lo más importante, conseguimos los billetes de autobús que suponían nuestra puerta de salida de China para el día siguiente (7 de agosto), ¡un gran día!A las 9 de la mañana ya estábamos en el autobús, nos esperaban 8 horas (si todo iba bien) de camino hasta Hekou (o eso creíamos), ciudad que hace de paso fronterizo con Vietnam. Como había sido habitual durante nuestra estancia en China, éramos los únicos "guiris" del autobús, lo cual se nota inmediatamente en cuanto la marabunta de chinos baja del autobús en la única parada que éste hizo, pues es poner un pie a tierra y es un no parar de sonidos guturales procedentes de lo más recóndito de sus entrañas hasta culminar en una increible performance de escupitajos que no cesa hasta que vuelven a subir al autobús...perdón, en el autobús continua. ¡Es realmente asqueroso! Los chinos son lo más guarro que nos hemos encontrado nunca...

Unas horas más tarde ya estábamos cerca de la frontera, pasando por unos parajes realmente impresionantes, hasta llegar a un peaje al final de la autopista, en donde el autobús paró para que subiera un "amable" policía que se llevó nuestros pasaportes (en ese momento hizo acto de presencia el verdadero acojone), pero en unos minutos los tuvimos de vuelta y pudimos continuar hasta "cerca" de Hekou. El autobús no paró en el mismo pueblo, sino a unos 5-6 km, cosa de la que no teníamos ni idea, pues hicimos caso (nuevamente equivocadamente) de la Lonely Planet, que decía que la frontera se encontraba a 150 metros de la estación de autobuses. Pues no. Gracias a la ayuda de un amable chino, pudimos coger un microbus que nos llevó hasta el verdadero pueblo de Hekou y nos dejó en el mismo puesto fronterizo. Una vez allí, el trámite nos llevó tan solo unos minutos y pudimos cruzar a pie e ansiado puente sobre el río Rojo que nos llevaría hasta Lao Cai, por fin en Vietnam.

Eran las 5 de la tarde y queríamos ir hacia Sapa, pero por desgracia ya no había microbuses que circularan hasta allí hasta el día siguiente, y aunque por la calle todo el mundo se ofrecía a llevarte bien en mototaxi, en furgoneta o en taxi, los precios que nos pedían eran abusivos y decidimos pasar noche en Lao Cai. Conseguimos una pensión a muy buen precio gracias a la ayuda de unos turistas españoles a los que abordamos en las inmediaciones de la estación de tren, y ya solo faltaba una ducha antes de poder disfrutar de unas cervezas bien fresquitas, que en Vietnam, a diferencia de China, abundan.
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